De sobra es conocido el temor de muchos pintores al espacio en blanco de la tela o del imprimado tablero de madera. Podríamos referirnos del mismo modo al bloque de mármol, la pella de barro o al pentagrama vacío, ¿qué decir del pliego impoluto cuando se pretende trabajar la acuarela? Las dudas se multiplican ante la imposibilidad de rectificar cualquier trazo seducido por la arbitrariedad del agua, un contratiempo que bien podría ser remediado al escoger técnicas más cómodas como el óleo, la encáustica o el gouache, donde los gestos mal dirigidos pueden ser solventados mediante continuas correcciones. Sin embargo, en el uso del agua hay quien ve una elección que va ligada a la honestidad del pintor y a la adecuación con el motivo de la pintura, quizás debido al poco margen que la técnica otorga al artificio o a las florituras. En el número nueve de la calle Guzmán el Bueno, la galería sevillana que dirige Magdalena Haurie expone desde el pasado siete de marzo las últimas obras de Antonio Agudo Tercero (Sevilla, 1940), siendo este trabajo una pequeña selección de las acuarelas que el pintor llevó a cabo entre su estudio de la capital andaluza y las tierras de Sudamérica.
La excepcionalidad del artista no queda plasmada tan solo en su obra -siendo uno de los referentes más destacados de la nueva figuración andaluza-, sino que además su labor como maestro en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla le convirtió en una suerte de gurú para aquellos jóvenes artistas y estudiantes que se disputaban una plaza entre los caballetes de su aula. Hace unos años tuve la fortuna junto a una compañera de entrevistar a Antonio en su estudio mientras trabajaba en una nueva serie de grandes acuarelas, algunas de las cuales han derivado en esta muestra titulada Descubriendo América. A pesar del hecho de que se hubiera jubilado poco tiempo atrás, el artista derrochaba energía entre tableros pesados y multitud de papeles, desplazando los soportes para mostrarnos incluso y sin tapujos los ejercicios preparatorios y algunos de los que consideraba fallidos. Por entonces el tema principal en sus obras eran las Barrancas del Cobre, un sistema de cañones al suroeste del estado mejicano de Chihuahua.
El pintor Hernán Cortés, quien fuera alumno de Agudo y miembro de la Academia de San Fernando, describía las pinturas precedentes a esta serie de acuarelas como cuadros “poblados de finos grises y negros, estaban atravesados por una sombría atmósfera neorromántica que, aunque resulte paradójico, siempre me pareció de profunda raigambre sureña”. Estas consideraciones del pintor gaditano estaban referidas a la muestra de Antonio Agudo en la Casa Pemán de Cádiz, en la que por vez primera exponía una serie amplia de acuarelas luminosas con el sugerente título de Cádiz a contraluz. El ocaso enmarcaba la totalidad de aquellas obras sobre papel de pequeño y mediano formato, surgiendo tras la arquitectura “cubista” un clima sublime de cielos rojizos y violáceos. Esta atmósfera conectaba al artista con otras latitudes de igual importancia emocional como podían ser La Habana o Cartagena de Indias, evocando un conjunto de lugares remotos a través de atardeceres sosegados.
Antonio Agudo nos descubre con estas pinturas parte de la América menos transitada, la que conecta con culturas como la de los indígenas Tarahumaras o los Quiché guatemaltecos, a los que dedicó cientos de apuntes y dibujos al carboncillo o a la sanguina. En cada viaje transatlántico Agudo pareciera que trajera a sus espaldas cordilleras enteras y volcanes hostiles en forma de ideas, un paisaje sombrío vinculado directamente a la realidad de cada lugar y alejado quizás del concepto paradisíaco e idílico del “Nuevo Mundo”, la que por otro lado nos recuerda a los relatos de Horacio Quiroga y a la exuberancia de su naturaleza.
Curiosamente otra artista sevillana vinculada también a Cádiz decidió un día cruzar el océano para seguir el rastro del escritor uruguayo, la joven poeta Rocío Muñoz Vergara, a quien ni siquiera la ceguera le impidió imaginar América como el “territorio mítico” en el que hallaría su viaje iniciático. Escribía Rocío, “Al héroe le falta algo o pierde algo. Va en busca de recuperarlo. Y cuando vuelve, tiene un aprendizaje”. Antonio Agudo nos demuestra una vez más en esta exposición que no solo es un magnífico pintor, con una técnica y un dominio del color envidiable, sino que además su humildad e inquietud le señalan como un pintor que se reinventa a sí mismo en cada nuevo proyecto, situándose como el héroe que abandona el hogar para distanciarse de aquello que ya ha aprendido. Observando por última vez su políptico de Vallarta, donde el artista parece haber convertido un instante del paisaje en icono, resulta inevitable sentirse afortunado por haber formado parte de su alumnado, contagiándonos con su cercanía y enseñándonos a disfrutar de la propia pintura.


