Sería un despropósito tratar de entrar a esta exposición con la intención de comprender algo. A través de las salas D y E de la planta baja, nos adentramos en una de las muestras más íntimas y coquetas del escenario artístico madrileño actual, tan intensa como el fulgor de una personalidad caducada hace 150 años que se alimenta del jugo de la inactitud y la dicha de la contractualidad.
Titulada Creación y delirio, la muestra no podría condensar mejor estos dos conceptos reflejados en una obra multi-técnica completamente inseparable de los auspicios mentales de su autora. La exposición está comisariada por Aurora Herrera y cuenta con la colaboración de la Collection de l’Art Brut de Lausana y el Institut Français de Madrid, quienes para la ocasión han cedido las piezas. Ve la luz obra realizada por Tripier durante su internamiento en el hospital psiquiátrico de la Maison Blanche, cerca de París, entre 1934 y 1944. Jeanne Tripier fue diagnosticada a los 65 años con psicósis alucinatoria crónica, excitación psíquica, megalomanía y verborrea. Todos ellos, síntomas de una presunta esquizofrenia. Su estancia estuvo consolada por el arte, demostrando ser una vez más la mejor de las curas ya que mediante dibujos, notas y bordados, Tripier conseguía tirar abajo los muros de su habitación hasta conformar lo que hoy en día se nos presenta como la serie autobiográfica que la arropó, acogiéndonos ahora a nosotros entre sus brazos. Son tres las auras generales que podemos señalar en su construcción ambiental: el paganismo, la mujer y la clarividencia.
Aún y con todos sus pesares, la vida profesional de Tripier siguió desarrollándose gracias a Jean Dubuffet, quien recogía de las manos de su médico todas las piezas que posteriormente exponía con gran éxito. Recordamos por ejemplo, los encuentros dados con el Art Brut hacia 1967 en Musée des
Arts Décoratifs de París, donde Dubuffet, como principal propulsor de esta vertiente, se regocijaba ante el buen recibimiento que el público mostraba con una obra de arte aparentemente infantilesca e irreflexiva. Es este el punto de inflexión donde hallamos el valor de una expresión capaz de escapar en sus procesos de toda mano negra asociada al mercado, la apariencia o la política. Una modalidad artística que sin duda aúna los valores más primarios de la humanidad desde la perspectiva de la fascinación por el universo inmaterial, tratado a través de los estados de alteración cognitivo-sensibles de nuestra conciencia. Si la historia del arte ha catalogado a Jeanne Tripier en el Art Brut, fue gracias al interés de Jean Dubuffet por coleccionar el trabajo de los marginados y enfermos, de las mujeres y maníacos, de los rechazados y encarcelados. De quienes en definitiva, hacían del arte el último vehículo para escapar de sus martilleantes realidades.
Una sencilla regla de tres, nos dice que si tratamos algo como lo que es, después se comportará como tal. Si dejamos a un pollo vivir como un pollo, después probablemente sabrá a pollo. Si empezamos a construir una casa pensando en una casa, posiblemente al final se convierta en una, e incluso en un hogar. Y, por consiguiente, si atendemos a un enfermo mental como a una persona, su cura tornará a su favor y sanará mucho antes. Ello nos lleva a reflexionar sobre la importancia que muchas veces no damos al proceso de creación de una obra de arte como gran condicionante enunciador de su resultado. Cegados por el resplandor de un producto final, nos empeñamos en no admitir la belleza del método. De aquellas rutinas, circunstancias y sabores del día a día que sin quererlo ni valorarlo, modifican nuestra idea prima. Es como si siempre nos alegrásemos más por ver la carcasa de una buena película en la estantería, que de vivirla en pantalla. Por tanto y por tan poco, si desde el inicio concebimos la obra de arte como lo que es, —una forma de pensar y expresar— indudablemente en su presentación actuará como tal, sin ningún matiz hacia pretensiones decorativas, lujuriosas, y dichas con anterioridad. Es el ejemplo de la serie de piezas textiles de Creación y delirio que recoge pequeños muestrarios de bordados, crochet, tricotados y tejidos en formas que en el campo de la medicina podrían familiarizarse con el aspecto de los tumores, o inclusive, con un imaginario que nos consuele más, en una asociación con la vista aérea de un colorido archipiélago.
La contraposición de conceptos es otra de las joyas de la corona de Tripier, y si con sus bordados nos eleva al éter de la ensoñación, su segunda serie nos agarrará de los piés hasta enterrarnos en una materialidad tan real como el equilibrio de valores entre la técnica y el mensaje, la razón y la emoción. Clichés es el título que recibe la secuencia de dibujos motivada por la admiración que Tripier guardaba hacia el cine y la fotografía. Aludiendo a la importancia dada anteriormnte a los procesos de producción artística, recordamos que toda la obra expuesta y aquí comentada, fue producida en el contexto del internamiento médico en un hospital psiquiátrico. Con ello, nos merece subrayar la incomensurable fuerza mental que demostró tener una mujer de 65 años durante toda una década, en intachable contribución histórica al Art Brut. Esta segunda serie la completan imágenes en negativo de tiras de película fotográfica impresas mediante frotado y dispersión con variedad de tintas que ella misma mezclaba, originando una estampa que nos invita a atravesar la barrera de lo bidimensional. Crudamente, es el soporte y su contenido más matérico lo que se exhibe, como si fuese una ventana y no una obra de arte lo que se nos quiere presentar. En relación con el resto de Creación y delirio nos es imprescindible subrayar el caracter místico de quien se autodenominaba “médium de primera necesidad” y entablaba conversaciones con espíritus de personajes de la historia de Francia como Juana de Arco y ángeles arcáicos. Encontramos matices hacia la clarividencia en el serigrafiado en pared que recorre todo el espacio como un largo lazo gris. Es recta y constante la línea de texto que alude a una especie de cadáver exquisito entre varias personas de su interior. No son caricaturas, sino preocupaciones y en ocasiones delirios tan poderosos que acaban por adquirir una figura condescendiente y tenebrosa.
(…) Médium de Iª necesidad. Mi queridísima./ con el pensamiento, te irá mucho, mejor ; – No tanto como lo que viste, hace 2 días con sílfide, de antaño — francia — Iª Tiempo, de una Época
bárbara ; de antigüedades preventivos — durante el Juicio final definitivo quien soy sí ;- Monstruo de los Mares glaciales terrícolas; evasión de M. [ileg.] en compañía (…)
Es un fragmento del texto en pared que extrañamente logra enternecer en su acogedora discursiva el corazón de quien lo lee. O puede que se trate de un diálogo interno de tú a tú, que resulta arrollador, insoportable para sí misma.
Una retrospectiva e instrospectiva por acción simultánea que nos encandilará por la gran intimidad con la que acoge al espectador. Igualmente invendible pero ineludible, cada creación es en sí misma un pequeño ladrillo a encajar en el muro del subconsciente mágico, que por inercia, insulta a la supremacía de la exclusividad, y aplaude el valor de la colectividad. Entrar a Creación y delirio fue como recibir un abrazo.


