Zuloaga, paradigma de la modernidad hispana

A finales del siglo XIX, la imagen de la identidad nacional de nuestro país en el debate europeo, era vista como una nación atávica, profunda, condenada a permanecer inmutable por los siglos de los siglos: una mezcla de tragedia y pasión, un país cerrado a toda innovación, asímismo abierto a la grotesca españolada, donde el peso de la tradición se mantiene constante y la intrahistoria es caciquismo y clericalismo, o costumbres antiguas. Aquella generación de artistas, buscaron fuera de nuestro país nuevas maneras de enfrentarse al arte y, a través de éste, a un mundo en constante cambio. La obra de  Ignacio Zuloaga ha sido encuadrada por la historiografía del arte dentro del ámbito de lo que se conoce como la "España negra". Se trata de una obra profundamente personal y al mismo tiempo anclada en el pasado. Zuloaga no sólo dirigía la mirada hacia atrás, hacia una tradición que procedía del Romanticismo, sino que respondía al sentimiento regeneracionista de toda una generación, plasmando la idea de un Estado-nación, a partir de un sentimiento común: la pertenencia a una tierra, España, simbolizada por Castilla. Este vocabulario, convertido ya en lenguaje artístico, otorgó un  reconocimiento internacional a su obra, paradójicamente el mismo año que el jurado encargado de elegir las obras que representarán a España en la Exposición Universal de París de 1900 rechazara su obra Víspera de la corrida,  al considerar que ofrece una imagen desfasada y tópica de nuestro país. Por tanto será en París, donde su pintura transcienda con creces esos límites y dé un salto cualitativo en la historia de la modernización del arte español.

El París que recibió a Zuloaga era una metrópolis moderna y burguesa, que tenía en Montmartre su lugar de entretenimiento por excelencia y santuario bohemio: artistas, científicos, literatos, intelectuales y músicos se daban cita en sus cafés, talleres, salones y exposiciones. Ese París anterior a la guerra, brillante y dinámico, que se erigió como el centro de la inteligencia, el gusto y la osadía artística y literaria, fue donde Zuloaga brilló con luz propia reconocible. En síntesis este es el marco  que se encontrará el visitante que quiera descubrir una visión distinta del artista eibarrés en la exposición Zuloaga en el París de la Belle Époque (1889-1914). El recorrido de la exposición comienza con la llegada de Zuloaga a la capital del Sena y con los diferentes artistas que allí encontró. Influenciado  por los simbolistas, Zuloaga comienza a experimentar con la simplificación de las formas, aunque mantiene una paleta más sombría. En la siguiente sección se nos muestra la obra del pintor vasco como gran retratista de la aristocracia social e intelectual. La actitud del pintor frente al retrato femenino no difería mucho de la mostrada en sus retratos de hombres. Merece la pena destacar que las mujeres  que retrató están siempre al mismo nivel, en el mejor sentido de la palabra;  ya fueran duquesas, condesas, millonarias, gitanas, cantantes, bailarinas o modelos profesionales, Zuloaga les otorga siempre el mismo tratamiento, en un claro ejemplo de esa dignidad que sin duda fue uno de los rasgos característicos del pintor. Debemos destacan los retratos del violinista Larrapidi, la pintora Madame Malinowska, los escritores simbolistas Élemir Bourges y Paul Fort y la soprano Lcuenne Bréval, así como al coleccionista ruso Iván Shchukin, a doña Adela de Quintana Moreno, a doña Rosita Gutiérrez y, años más tarde, a la emblemática marquesa de Mathieu de Noailles.  Una faceta quizá menos conocida  del propio Zuloaga sea la de coleccionista y experto en arte, asesorando a instituciones y a coleccionistas, que le permitió no sólo ganarse la vida en París sino adquirir una importante colección de arte, especialmente de artistas como Goya, Zurbarán o el Greco que él propio Zuloaga compró como símbolo de su viaje más íntimo a España. Zuloaga es considerado como el heredero legítimo de la gran tradición de la pintura española, no es de extrañar que su colección refleje su admiración por los maestros de nuestra pintura. De este modo los bufones de Velázquez son reinterpretados por Zuloaga en los retratos del enano Gregorio Botero, del enano don Pedro o de la enana doña Mercedes. Asimismo, la sobriedad y el realismo de Tipo de Segovia tienen en Esopo su antecedente más célebre y asuntos tan velazqueños como el representado en Los borrachos, son renovados en obras de temática vasca como La merienda y El reparto de vino. La exposición se cierra con El retrato de Maurice Barrés ante Toledo en el que podemos ver  esa reconciliación con la  iconografía de España.

Zuloaga hizo suya la tradición y la invirtió, encontrando la verdad allí donde parecía haber anécdota.

Fundación Mapfre, Madrid. Zuloaga en el París de la Belle Époque (1889- 1914)

Número 41

Diciembre 2017
José Antonio VAL LISA
Miembro de AACA y AECA
Fecha de recepción: 24/12/17
Fecha de aceptación: 26/12/17
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