Poncela’s Office, una exposición total sobre un creador polifacético

 

Hace exactamente 116 años de que el número 29 de la antigua calle madrileña del Arco de Santa María viera nacer ―“accidentalmente”―a una mente privilegiada. Hablamos del más que polifacético, y extraordinariamente prolífico escritor y dramaturgo Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), autor de producciones teatrales como Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936) o Los ladrones somos gente honrada (1940), muchas de las cuales fueron llevadas al cine, o novelas como Amor se escribe sin hache (1929), y cuya presencia revive, desde el pasado 7 de septiembre y hasta el 5 de febrero de 2017, en las paredes de la muestra Poncella’s Office, comisariada por Eva Lapuente ―una de las impulsoras del señalado proyecto Alltheater― y el destacado artista plástico y performativo Sergio Muro, quienes, con un remarcable currículum artístico, y muchísimo trabajo a sus espaldas en colaboración con TVE, múltiples bibliotecas, y toda la obra y documentación facilitados para la ocasión por los herederos del dramaturgo, han asumido y llevado a la práctica con brillantez, el reto de devolver por un tiempo a la vida la imaginación sin parangón de Poncela en uno de los espacios expositivos más alternativos y con una propuesta artística más admirable de la ciudad de Zaragoza: el Centro de Historias de la capital aragonesa.

Ofreciendo también visitas guiadas gratuitas y actividades previo concierto telefónico con la secretaría del Centro de Historias, que complementarán, de la mano de Sergio Muro, la visión de un espacio que, como veremos, habla por sí mismo.

La muestra, retrospectiva, sobre la obra de Poncela, va mucho más allá de lo que cualquier admirador del autor pudiera aventurar, adentrándose en múltiples facetas que posibilitan conocer su trayectoria, su vida, su método de trabajo y sus logros desde una perspectiva diferente y única, como quien, delante de una obra cubista, acierta a desentrañar las visiones múltiples descompuestas en su superficie y parte indisoluble de la misma, que explican su esencia y su búsqueda artística.

El discurso se distribuye, para ello, en un recorrido dividido en tres salas que estructuran la información en una organización tan visual como coherente, a la que la museografía da el toque espontáneo, único, sorprendentemente fiel al espíritu casi surreal de Jardiel Poncela.

La primera sala se dispone, casi a modo de antesala, como una perfecta introducción que nos facilita unas escuetas notas biográficas, que arrancan de una entrañable y técnicamente lograda pintura, retrato familiar del escritor junto a sus hermanas, obra de Marcelina Poncela ―madre de Jardiel y pintora académica, con quien éste siempre mantuvo un estrecho vínculo―,aderezadas con el toque de humor, complejo y simple, cómico y esquemático, de la museografía en la que más adelante tendré el placer de detenerme. También se detiene en mostrarnos, como si se tratase de un álbum familiar, un esquema general de su trayectoria, e información sobre su relación con un polémico contexto que ayudará a desmontar el mito de Poncela como uno de los más relevantes exponentes literarios del franquismo. Arrojando una visión novedosa, documentada, justa, y revisada sobre la realidad de su trayectoria artística, en demasiadas ocasiones infravalorada y/o malinterpretada. Para ello esta primera sala se completa con una breve visión sobre su relación con el panorama cultural de su época ―con sus obstáculos, que no fueron pocos―.

La segunda estancia, por su parte, se centra en la prolífica producción literaria, así como en el desarrollo del proceso creativo de Poncela. Una faceta con un interés capital a la hora de aproximarse al universo imaginativo de un artista y que, en demasiadas ocasiones, queda en un segundo plano, pero que aquí se trata en profundidad y arrojando gran cantidad de información de primer interés, apoyada en toda clase de documentos gráficos, fotografías, y trascripciones. Entre esta documentación debemos destacar, sin lugar a duda, la presencia del que probablemente se trate de uno de los documentos más representativos de la muestra, que destaca esencialmente por mostrar en un golpe de vista el carácter polifacético, prolífico, e hibridador de la trayectoria de Poncela. Hablamos de El Collage de todas sus comedias, realizado por el propio autor. Se trata de un documento plástico de gran calidad, que es capaz de aglutinar en una superficie finita una producción casi infinita, con la gracia de la ilustración de la época, y desvelando la enorme destreza de la faceta gráfica de su creador.

Para poner punto final a la muestra, en la tercera y última estancia, el discurso se detiene sobre las distintas facetas de su proceso creativo, su afán innovador, y la multidisciplinariedad de su trayectoria, en la que llegado el momento todas y cada una de las artes parecen confluir e hibridarse, desdibujando toda frontera, y dejando en cada proyecto su sello más personal, ese humor, absurdo e intelectual que nunca tuvo parangón.

La muestra hace así hincapié en otras facetas, quizás más desconocidas, de la producción artística de Poncela, y ayuda a construir una imagen del dramaturgo que lo entronca profundamente a la genialidad de creadores como Charles Chaplin, Georges Meliés, incluso Da Vinci. Y pone acento, así, sobre su imaginación y su mente privilegiada, en conjunto capaces de llevar a cabo cualquier meta artística, propuesta o imaginada.

Y es, precisamente, en esas otras facetas, sean más concretas, como su vertiente artística, pictórica, o cinematográfica, o más abstractas ―como el humor―, en donde entra, también, en juego la arriesgada propuesta museográfica de la exposición.

En lo relativo a la faceta artística y literaria, más concreta, ésta queda reflejada en las más de 150 obras, manuscritos, objetos ―como los que complementan la presentación casi escenográfica de algunas partes de la muestra― personales ―los cientos de fotografías, documentación única que tenemos el privilegio de contemplar gracias a la estrecha colaboración de los comisarios con la familia del dramaturgo―, documentación filmográfica ―que ilustra a la perfección, y en los momentos precisos, las innovaciones cinematográficas del autor, como por ejemplo en la proyección del “celuloide cómico” Un anuncio y cinco cartas (1937)―, o innumerables dibujos y diseños originales del autor que ilustran el perfil de la delgada frontera sobre la que coexisten humor y genialidad, destacando la presencia del Nuevo Modelo de Teatro provisto del escenario giratorio elevable capaz de todos los movimientos y dimensiones o El Diseño del Teatro Total, en el que el autor explica e ilustra en tinta y color, y sobre papel lo que casi parece la mezcla perfecta entre una obra de ingeniería profusamente detallista y la más sutil estética del cómic de la época que parece caracterizar todos sus diseños, constituyéndose testimonio irrefutable de su genialidad. La pieza goza de un detallismo apabullante, y en sí misma sirve claramente para ilustrar la faceta inmensamente polifacética del autor, que, siguiendo el consejo de Charles Chaplin, pronto comprendió que un buen director había de monitorizar cada diminuto detalle del proceso de producción de una obra o una película para que esta le brindase el resultado que deseaba. Estos diseños, casi dignos de Da Vinci, que harán las delicias de cualquier espectador que se acerque movido por la curiosidad, fueron ya expuestos en dos muestras que ya trataron sobre el autor con anterioridad ―una, no monográfica, en el Reina Sofía y otra patrocinada por la SGAE para el centenario del dramaturgo―, aunque no de una forma tan minuciosa y sistemática como este proyecto, que se desvela, hasta la fecha, como la que probablemente haya sido la mayor ―y me permito añadir, mejor― exposición que se le haya dedicado jamás a Enrique Jardiel Poncela.

Por su parte, la faceta abstracta de la comicidad se plasma en numerosos aspectos que van más allá de los documentos fílmicos o los libros físicos, como la coherencia y buena organización del discurso en el espacio es matizada con una dosis de humor “extra”, más que coherente con los diseños artísticos de Poncela, tanto en los diálogos en off de las obras cinematográficas del autor que se constituyen como sonido ambiente de la misma, como en el despliegue de los textos de sala, muy bien escogidos y sintetizados sin resultar, ni mucho menos, excesivos, y que se ven aderezados por escritura manual de tipo esquemático, que, combinada con la ingente cantidad de documentación dispuesta con gracia y una desordenada organización en el perímetro de la muestra, parece emular un gigantesco “Prezi”, en definitiva, un esquema, de esos con los que cualquiera de nosotros habrá perdido el tiempo en hacer millones de veces cuando estudiaba, que extrae las ideas principales complementando y dirigiendo el pensamiento del espectador, y, al mismo tiempo, amenizando notablemente el recorrido por la muestra. Una perfecta paráfrasis visual del humor de Poncela que le da un tono único y brillante, a la altura del maestro.

El conjunto se desvela, así, como una verdadera ventana ante el tiempo, cuya museografía recrea perfectamente la idea del pasado en conexión con el futuro.

Destaca, de igual manera, el rigor y la calidad de los materiales de la muestra, de excepcional interés e idóneamente escogidos para ilustrar el “multiverso” de Poncela, retratándolo como un hombre polifacético, completo, y capaz de llevar a la realidad todo cuanto habitase en su cabeza. Unos materiales no comparables a nada que se haya visto jamás sobre el autor, lo que probablemente se debe, como comentábamos, a la estrecha colaboración de la familia en este proyecto.

Pero algo que quizás sea una de sus mayores fortalezas, es el hacer hincapié en aspectos tanto técnicos como humanos, manteniendo una coherencia generalizada con la figura del autor que todos conocen, pero a su vez permitiendo al público adentrarse de una manera inmediata, visualmente atractiva, y más que coherente con la estética de Poncela, en las vicisitudes más profundas de su persona que son, en última instancia, las que justifican los derroteros artísticos en los que el autor se expresó. Como un ente en cuya cabeza coexistieron millones de miles de pájaros que tenía la necesidad de dejar volar mientras estuviera vivo.

Pone el broche y final a la muestra un espacio habilitado para la proyección de un documental realizado por TVE sobre la trayectoria del autor, complementado con valiosos testimonios, entre los cuales se cuenta el de sus herederos, quienes, en definitiva, también han hecho posible que disfrutemos de esta muestra. Se trata de un documento visual de valor indescriptible para complementar y poner término a la visita, ayudando a generar una visión todavía más completa y profunda sobre diversos aspectos tratados a lo largo de la exposición.

Poncela’s Office, debiendo su nombre al pequeño despacho del dramaturgo en su paso por los estudios de Hollywood, culmina con un diseño conciso y digno heredero de la estética del autor, esta vez, cortesía de Sergio Muro. Y se convierte, así, en una cápsula temporal. En un nexo entre el presente y el futuro, que constituye el único escenario posible para un encuentro más allá del tiempo en el que cualquier persona que así lo desee sea capaz de encontrar ―o reencontrar―, la personalidad ilustre y más desconocida del maestro transnacional y renovador de las artes escénicas en la primera mitad del s. XX.

Un digno tributo que deja volar, de nuevo, todos aquellos hermosos y secretos pájaros que habitaron una mente maestra. Que rinde más que digno homenaje a Enrique Jardiel Poncela, y que despertará la curiosidad, y la imaginación de muchos. Ayudándonos a rememorar, en definitiva, un dicho popular que ilustra bien el espíritu de Poncela, “decís que tengo pájaros en la cabeza, y es verdad… los prefiero a vuestras jaulas”.

Centro de Historias, Zaragoza

Número 40

Septiembre 2017
Lucía E. COLOM
Escritora, Master en Gestión del Patrimonio y Graduada en Historia del Arte, Universidad de Zaragoza
Fecha de recepción: 17/9/17
Fecha de aceptación: 18/9/17
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