Esta exposición se enmarca en el ciclo de antológicas de la propia colección del IAACC, que hasta ahora nos habían mostrado diversas selecciones del conjunto recientemente adquirido a Pilar Citoler; pero en esta ocasión, con muy buen criterio, no sólo figuran piezas de la colección Circa XX sino también del legado fundacional de Pablo Serrano y de la donación Escolano. Otra novedad con respecto a las anteriores es que esta exposición no se circunscribe a un determinado soporte o técnica, sino que reúne pinturas, estampas, dibujos y fotografías, pues esta vez el criterio de compilación ha sido temático. Y el asunto escogido no podía ser más fascinante: investigar interrelaciones entre las artes visuales y la literatura. Un argumento inagotable, que quizá haya inspirado el actual Director General de Patrimonio (Nacho Escuín, reconocido poeta y activista cultural) y en todo caso cuadra estupendamente con la actual apuesta por hacer de esta institución no sólo un museo de arte, sino un centro de cultura contemporánea, digno de su ambicioso nombre.
Esa renovación se quiere defender como un regreso a los orígenes del museo, así que no es de extrañar que la primera sección de la exposición sea un homenaje al artista epónimo y fundador de la institución, Pablo Serrano.“Un hombre de palabra” no sólo en el sentido figurado con que usamos esta expresión para referirnos a una persona cabal, veraz, fiel al cumplimiento de sus compromisos, sino también en el sentido literal (nunca mejor dicho) porque Serrano mostró gran afición a conversar y escribir, a poner en palabras sus pensamientos o emociones: un “letraherido” diríamos hoy, adoptando un hermoso término catalán. La exposición se abre por tanto con algunos de los documentos escritos de su legado, entre ellos no pocas poesías firmadas por el escultor o dedicadas a él por escritores coetáneos que fueron amigos suyos, como Gloria Fuertes, Anthony Kerrigan o Luesma Castán,y esta sección se “ilustra” con sus proyectos para los monumentos a tres grandes autores: Pérez Galdós, Unamuno y Machado.
Aunque figure como culminación de la anterior sección, la serie de quince litografías de Serrano titulada Ecos y éxtasis inspiradas en versos de San Juan de la Cruz (que el visitante puede leer en una hoja de sala plastificada), yo creo que más bien son el punto de arranque de la sección “Versos a buril” donde se compilan obras gráficas editadas también en los años setenta para bibliófilos, con ilustraciones de José Caballero, Amadeo Gabino, Pablo Palazuelo y Antonio Saura a partir de los escritos de Pablo Neruda, San Juan de la Cruz, Max Hölzer, Jean-Clarence Lambert y Franz Kafka, respectivamente (quizá hubiera sido buena idea ofrecer también esos escritos para la consulta en sala de los interesados en cotejarlos con las imágenes).
La tercera parte es a mi juicio el punto fuerte de la exposición, y es lástima que por seguir el habitual sentido de montaje de derecha a izquierda haya recalado en la parte más recóndita de la sala; aunque también es verdad que por su mayor oscuridad ese espacio garantiza mejor la conservación de tan delicadas piezas, y hasta nos brinda un grado de intimidad que induce mejor al sentimiento de duelo. Como el título de la sección indica, “Vientos del pueblo. Homenaje de los Pueblos de España a Miguel Hernández” ofrece, de nuevo, una carpeta con una serie de obra gráfica editada en 1976 con la colaboración de consagrados artistas, entre otros el propio Pablo Serrano, Juana Francés, Arcadio Blasco, Juan Genovés o Daniel Canogar. Pero en este caso no pretendían ilustrar determinados poemas concretos sino homenajear colectivamente al poeta de Orihuela. Aquel homenaje a su persona tuvo importantes ecos en Aragón, donde ya por entonces estaba muy activo uno de los mayores expertos y divulgadores del poeta, el profesor de la Universidad de Zaragoza Agustín Sánchez Vidal, y otro ilustre colega suyo del mismo campus, el catedrático de literatura Jesús Rubio, ha sido el responsable de las vitrinas donde se presenta tan entrañable memorabilia, con la que el museo se une a las conmemoraciones que este año 2017 se están organizando para celebrar el 75 aniversario de la muerte de Miguel Hernández.
La cuarta sección, inspiradamente titulada “De puño y letra”, da la vuelta a la tortilla, pues ya no se trata de artes plásticas inspiradas en la poesía, sino de cómo se transforma la propia escritura en lenguaje visual. La hoja de sala lo explica muy bien, aludiendo por una parte a la lírica del informalismo, tan cercano al haiku japonés y a la caligrafía oriental; contraponiéndolos a los artistas que por influencia del diseño gráfico, la publicidad y el pop introducen textos impresos, inscripciones y logos en sus obras. Es una buena excusa para admirar obras de artistas tan reputados como Luis Feito, Antonio Tapies, Henri Michaux, Carmen Calvo, Jesse Fernández, Zush, Edwuard Ruscha o Dis Berlin; pero apuesto a que la comisaria de la exposición, María Luisa Grau, reconocida experta en pintura mural contemporánea, hubiera querido incluir también algún grafitero. Habrá que esperar a que entren en las colecciones del museo.
La última sección ha sido para mí una sorpresa, pues yo hubiera pensado como culminación lógica terminar con obras plásticas cuya iconografía plasmase algún relato o personaje literario; pero quizá se ha dejado para otra gran exposición futura, pues hubiera desbordado el escaso espacio restante, donde se ofrecen exclusivamente determinadas iconografías. “Bibliotecas”, es su sintético título, y efectivamente aparecen imágenes librescas, algunas tan surrealistas como la sala inundada por el mar que nos presenta la foto de Pablo Genovés, o la onírica de Alicia Martín (una artista que lleva toda la vida usando los libros como materia prima para sus obras); pero cierra el elenco una foto del MoMA neoyorquino. De nuevo la explicación de la hoja de sala es estupenda, remitiendo a la biblioteca del Mouseion de Alejandría, el más famoso “templo de las Musas” de la Antigüedad clásica, origen etimológico de nuestros museos.
Enlazando con eso, no puedo dejar de acabar con una agria protesta, precisamente en nombre del sincretismo cultural que representa aquella institución clásica. Soy un apasionado defensor de la vuelta de los museos a sus raíces clásicas, cuando pretendían ser foros de discusión y educación ciudadana pluridisciplinar, incluyendo la literatura, la música y la danza, pues a ellas muy especialmente estaban consagradas las Musas. Por eso saludé con entusiasmo la decisión del Gobierno de Aragón de convertir el Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos en sede de dos compañías de danza. Pero les han otorgado en exclusividad un espacio en esta sala, el mejor y más popular, nada menos que uno de los grandes miradores con los que el arquitecto Pérez Latorre había intentado representar la interrelación entre el museo y su entorno urbano, reivindicación favorita de la museografía postmoderna tras los años de fanatismo del “white cube”, la caja blanca iluminada con focos y cerrada, sin ventanas al exterior. Ahora una puerta nos cierra el paso y la visión a los visitantes, que ya no podemos acceder a esa parte principal de esta sala del museo, donde antes solía haber un espacio didáctico con libros o materiales complementarios a la exposición de turno.
Una exposición tan interesante no se merecía este broche final. Hubiera preferido evadirme hablando de Terpsícore. Lo siento. Ojalá eliminen ese bloqueo visual, para que las futuras exposiciones no estén de espaldas a la calle. No es de recibo esa simbólica cerrazón ahora que tantos grandes museos, buscando la conexión con el público, muestran tras un cristal transparente a sus restauradores trabajando (en Dinópolis y en la ampliación del Prado por Moneo), o a su personal de oficinas, talleres y biblioteca (en la ampliación del Reina Sofía por Nouvel). Esa puerta ha de estar abierta al público cuando no haya bailarines dentro , e incluso si están ensayando no veo porqué deben ocultarse tras un vidrio esmerilado. Para eso, que se hubieran quedado donde estaban. Si se trata de ir al encuentro del público y de las demás artes, bien está el sincretismo cultural; para cerrar puertas, no merecía la pena que vinieran.


