Fernando Alvira (Huesca, 1947), comenzó su andadura como crítico de arte en el periódico Nueva España. Después de concluir los estudios Bellas Artes en la Escuela Superior San Jorge de Barcelona en 1973 y tras unos años en los que impartió clases de dibujo en la Ciudad Condal –en el colegio de los Salesianos de la Calle de Rocafort, en el COU del centro Abad Oliva y en la Escuela de Ingenieros Industriales de la UNED–, regresó a la capital altoaragonesa para hacerse cargo de la dirección de la Galería S’Art que, en ese momento, contaba con una importante producción de exposiciones equiparable no solo a las mejores salas privadas de Aragón sino a las que se presentaban en las salas de la mayor parte de las capitales de provincia, tanto por la cantidad cuanto por la calidad de las mismas.
Las actividades de la galería no se limitaban a las exposiciones, sino que, como podemos comprobar en las noticias que aparecían en los medios de comunicación –especialmente el periódico local Nueva España– apoyaba la edición de libros y en su espacio tenían lugar conferencias de importantes teóricos del arte del momento –Rafael Santos Torroella, José Hierro, Julián Gállego o Raúl Chávarri entre otros– o de otras especialidades; también se llevaban a cabo con motivo de las inauguraciones conciertos y algunas otras actividades. Los años en los que dirigió la galería el crítico Félix Ferrer, S’Art había conseguido alcanzar merecido prestigio en el panorama galerístico de Aragón, siendo también muy reconocida en los focos artísticos de Madrid o Barcelona.
Lastanosa, reseñista de la Galería S’Art
Pocos meses después de su vuelta definitiva a Huesca, en junio de 1976, Fernando Alvira comenzó a colaborar con la Nueva España y lo hizo con el seudónimo Lastanosa, aunque de ese nombre sólo sabía entonces que designaba a la costanilla que limita el ala norte la iglesia oscense de los jesuitas; sólo después llegó a profundizar sobre aquel prócer histórico local. La primera inserción que aparece en Nueva España con dicho seudónimo es del día 21 de septiembre de ese año, en la página 10. No se trataba de una crítica de arte, sino que Fernando Alvira hacía un comentario de la conferencia sobre la ruptura creciente entre el pintor y el comprador de la obra de arte, dictada en la Galería S’Art, en ocasión de la apertura de la temporada, por Rafael Santos Torroella, quien había sido su profesor de Historia del Arte en Barcelona. Aquel prestigioso crítico había seleccionado a seis estudiantes de la Escuela Superior de Bellas Artes San Jorge de Barcelona para trabajar durante quince días la pintura plenairista en Huesca y sus alrededores. Fueron becados por la Galería, y con el resultado de su trabajo se produjo la primera exposición de la temporada 1976-77. La trayectoria posterior de algunos de ellos, como Maloles Rubió, Manel Marqués o Antonio Santos demuestra que la selección fue bastante acertada. Lastanosa tenía muy frescas las lecciones de Historia del Arte impartidas por Santos Torroella en la Escuela Superior de Bellas Artes San Jorge de Barcelona y elogiaba las palabras de un cansado conferenciante recién llegado ese mismo día de la Bienal de Venecia como crítico de arte de El Noticiero Universal de Barcelona.
La segunda inserción, el 8 de octubre, contaba con el curioso titular de “Nocito, hecho histórico, hecho pictórico” y en ella el aprendiz de crítico apuntaba por vez primera una teoría que ha sido como una constante de su trabajo en la crítica de arte durante los últimos cuarenta años: el artista cuando produce o cuando le producen una exposición no solo expone su obra; se expone, fundamentalmente él; expone su proceso de trabajo. Aquello que hace que su obra sea pieza única –o al menos así pueda ser considerada por algunos– cualidad que siempre ha defendido que aproxima el trabajo de los pintores al arte.
Fernando Alvira siguió utilizando el seudónimo Lastanosa para comentar las exposiciones que se producían en la Galería que dirigía como en el caso de la de acuarelas de Rafael Santos Torroella, de quien comenzaba indicando que le resultaba paradójico hablar de alguien cuyo oficio contrastado por los años era hablar de la pintura de los demás. Pero en ese texto late otro de los fundamentos de su manera de entender la crítica de arte desde sus primeros escritos: “la pluma de Santos”, escribía en aquella ocasión, “no está dedicada exclusivamente al lenguaje de las palabras. A veces rompe la limitación de la escritura y sus grafismos se distribuyen por el papel en busca de la forma. En busca de un lenguaje menos intrincado que la palabra.” Esta hibridación la predicaría a lo largo de muchos años a los estudiantes que han querido oírlo durante sus clases en la Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación. Siempre ha sostenido que la imagen es un lenguaje y que con ella se trata de transmitir conocimientos y sentimientos exactamente igual que con las palabras. En la exposición de Santos Torroella, que presentaba una antológica con piezas desde 1966 hasta unas pocas semanas antes de la inauguración, el lenguaje de sus imágenes, indicaba en su texto, era equiparable al de su poesía más que al de su crítica.
Una de las características recurrentes en los textos críticos de sus primeros años, era una reconocida obstinación por encontrar los aspectos positivos de las exposiciones que comentaba, incluidas, por descontado, las de los pintores locales. El comentario totalmente positivo de Lastanosa, por ejemplo, para la exposición del pintor oscense Fernando Badías comenzaba diciendo: “Como me limito a mirar, e intento ver no más allá de lo que tengo delante, no me considero crítico. Soy observador, comentarista…” A la de Badías seguiría en S’Art una muestra de cuatro acuarelistas que ocupaban en ese momento la cumbre más reconocida de quienes habían hecho de ese procedimiento su manera de expresarse: Teresa Davies, Ceferino Olivé, Guillem Fresquet y Juan Bautista Plana. Para presentarla el aprendiz de crítico, como le gustaba y le sigue gustando autodenominarse, realizaba una serie de consideraciones sobre la acuarela, tomadas de su viejo profesor de procedimientos, Miguel Farré –que lo fue durante los meses previos a su jubilación en la Escuela Superior de Bellas Artes– de las que alguna pasó a formar parte habitual de sus comentarios sobre arte: como que la acuarela no debe ser considerada un arte menor; o que la facilidad con la que se consiguen determinados resultados imitando los resultados de los mejores, los priva de la solidez que solo la preparación minuciosa de los mensajes, el desarrollo técnico de los procedimientos y el estudio de los fundamentos de la expresión puede darles.
El programa de la Galería S’Art cerró el año 1976 con la exposición de gouaches de Antonio Lamolla que se inauguró el día 16 de diciembre. No se trataba de una exposición al uso ya que estaba montada, entre otras piezas, con las ilustraciones para un pequeño libro de 43 páginas, con poemas del joven oscense Joaquín Sánchez Vallés titulado Los signos en el agua, que había sido patrocinado por la Galería S’Art. Lamolla era un pintor consagrado y su exposición resultó mucho más compleja a la hora de ser leída por los espectadores habituales de la sala más acostumbrados a las luminosas acuarelas que la habían precedido. Así al menos lo creía Lastanosa, que lo situaba en los puestos de cabeza del surrealismo español, tras comparar las ilustraciones del libro con las piezas expuestas que calificaba de inquietantes. “Es imposible quedarse en blanco ante esta colección de obras”, concluía.
![]() |
![]() |
El año 1977 la galería propiedad de Ángel Sanagustín comenzó con una muestra de óleos de pequeño formato de José María Lanzarote, que se inauguraba el día 4 de enero y en su comentario del martes día 11 Lastanosa advertía que había constituido un éxito de ventas, lo que implicaba la mucha estima que los oscenses tenían a un pintor sencillo como persona, pero con una pintura nada simple, basada completamente en un manejo muy personal del color: “el color supera en esta muestra a la forma, a los propios temas…”Como pintor, Fernando Alvira ha reconocido con frecuencia el magisterio de Lanzarote en el uso del color, y lo ha situado, como maestro de la cromática, a la altura de los mejores que tuvo en Bellas Artes, a la cabeza de los que coloca siempre en sus comentarios a Sanvisens, uno de sus profesores preferidos en San Jorge.
El 21 de enero inauguraba en la galería S’Art el acuarelista Francisco Revelles que ocupó la sala hasta final de mes. Lastanosa hablaba de la pintura de Revelles el día 23 con más moderación que la que había usado dos días antes Alejandro Brioso en el mismo medio de comunicación hablando de su amigo y maestro. Pero la conclusión era semejante: se trataba de un muy buen pintor. Y asomaba de nuevo la consideración de la acuarela como arte mayor, dado que la obra de arte no dependía del formato o el procedimiento sino de la intensidad del resultado.
Febrero comenzó con una muestra de tres pintores que se consideraban herederos de la denominada Escuela del Bidasoa, que se mantuvo intermitentemente activa la práctica totalidad del siglo XX, hasta la muerte de su catalizador, el pintor Gaspar Montes Iturrioz, en los postrimerías de la centuria. Los tres jóvenes vinculados a este último realizador, que exponían ese mes en S’Art, eran Navascués, Sagarzazu y Sorondo, quienes bebían de los cánones de la pintura al aire libre y del espacio común del río. A través de la pluma de Lastanosa, Fernando Alvira comentaba en esa ocasión que “la poesía estaba en el ambiente fluvial y que, quien se acercaba a ese momento atmosférico y era capaz de captarlo entraba por derecho propio en la escuela” como era el caso de los tres expositores de febrero.
El mes de marzo contó con la presencia de dos importantes pintores zaragozanos en Huesca. El primero de ellos Martín Ruiz Anglada quien compuso una retrospectiva muy abundante del conjunto de su obra. Hacía tiempo que no recalaba en la ciudad de Huesca y quiso traer una colección que resumiera sus últimos trabajos en los que convivían paisajes, bodegones y figuras. El crítico continúa dando una importancia relevante en sus textos al proceso de realización de la pintura: “pintura rápida de gestación temperamental. Nerviosa. Espontánea. Y a pesar de su pincelada nerviosa y rápida, los resultados son, a los ojos del observador absolutamente sedantes. Una simplicidad buscada en el color. Un uso reticente de las veladuras. Dominio de las masas. Investigación constante de una síntesis rehusando las defensas del dibujo.”El segundo zaragozano que inauguró a finales de ese mes fue Francisco García Torcal, que acudía por vez primera a Huesca. Su exposición resultó impactante para Fernando Alvira, según su propias palabras. Lastanosa concluía su comentario indicando: “algo soñado cubre las paredes de la Galería. Un extraño ambiente de irrealidad. Una irrealidad que pudo haber sido algo cotidiano en otro lugar o en otro momento. Una sugerencia que pudo ser un pasado o que quizá será tan real en un futuro como podamos ser nosotros en nuestro espacio y en nuestro minuto. Aunque quizás nosotros seamos algo simplemente soñado y nuestra realidad sea una sombra de lo que pensamos es la irrealidad…” No cabe duda de que la obra de Torcal supuso un momento de inflexión en sus opiniones sobre la pintura
El resto de las exposiciones de esa temporada, durante los meses de mayo y junio no contaron con comentarios por parte de Lastanosa, cuya firma volvió a aparecer en la Nueva España en el mes de agosto para comentar la exposición del acuarelista local Alejandro Brioso. Aunque la temporada se cerraba en junio y no se retomaba la actividad expositiva de la galería hasta septiembre, las fiestas de San Lorenzo eran momento en que la población de Huesca, que en esos años rondaba los treinta y siete mil habitantes, aumentaba considerablemente y volvían a la ciudad muchos oscenses con capacidad de adquirir pintura. Por ello esos días la sala colgó las acuarelas de Brioso quien, además, había diseñado el cartel de fiestas, lo que suponía un plus de interés para su exposición. Fernando Alvira hablaba de Brioso poniendo de relieve el salto cualitativo que suponía su nueva muestra y volvía sobre una de las ideas que ha reiterado a lo largo de toda su trayectoria como crítico: “es difícil crear poesía si no se domina el idioma, es imposible crear en pintura, si no existe un dominio previo de la técnica. De notorio califica este observador el salto técnico dado por Brioso en los últimos meses de su producción.”
La inauguración de la temporada 77-78 en la Galería S’Art, el martes 4 de octubre, contó con la exposición de la acuarelista inglesa Teresa Davies. En la respectiva reseña Lastanosa hablaba de romanticismo en la obra de la acuarelista inglesa, “un cierto sabor romántico que hasta es posible aturda a algún espectador acostumbrado más al ruido de los automóviles que al de las fuentes…”. Fueron también poéticas palabras casi de despedida para ese alter ego.
Las postrimerías de Lastanosa. Cuatro puntos, por Víctor Banzo.
En ese momento la ciudad de Huesca contaba con cuatro espacios habituales de exposicion: la sala del Centro Cultural Genaro Poza –que dependía de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja–, el Museo Alto Aragón de Arte contemporáneo que dirigía Félix Ferrer Gimeno y programaba exposiciones temporales con cierta frecuencia, la sala del Banco de Bilbao y la reiterada S’Art. Los responsables del diario local acordaron con Fernando Alvira que no limitara sus comentarios a las exposiciones de la galería que dirigía, sino que ampliara sus escritos a los otros tres espacios.Así pues, sobre los cuatro espacios en los que habitualmente se producían exposiciones en Huesca aparecerían sus reseñas en la Nueva España bajo una cabecera –diseñada por el propio crítico– titulada CUATRO PUNTOS.
“Esta sección, que realiza hoy su primer intento, pretende poner al corriente de las actividades de las Salas de Arte en Huesca, desde el punto de vista de este observador”, se advertía en el primer párrafo. La novedad fue que las reseñas ya no las firmaba Lastanosa sino Víctor Banzo, seudónimo que usaría el crítico en la práctica totalidad de las inserciones aparecidas bajo esa cabecera. Víctor y Banzo son el tercer nombre y segundo apellido de Fernando Alvira.

La primera de esas inserciones apareció el día 9 de octubre y comentaba la actividad que esos cuatro puntos habían desarrollado desde mediados de septiembre: Brioso y Pere Planells en S’Art, Victoria Recreo en el Museo Alto Aragón, Julio Belenguer en el Banco de Bilbao y una colección de alfombras en el Genaro Poza…
El 25 de octubre se inauguraba una nueva exposición de fondos propios y se ofrecía una nueva conferencia pública en la Galería S’Art que llevaba por título “paisajistas españoles del siglo XIX”. En esta ocasión la dictó el propio Fernando Alvira. La exposición contaba con obras de Alexandro, fotógrafo mallorquín que anduvo un tiempo trabajado su hiperrealismo por entre puertas, ventanas y aperos del Altoaragón y gozó del interés de los coleccionistas; también había obras de Enrique de Caso, Brioso, Lanzarote, Fernando Alvira Banzo, Santos Vivar Sanmillán y algunos otros pintores en activo. Los pintores contemporáneos convivían sin estridencias con piezas de Barbasán, Pradilla, Unceta, Grau Sala, Durancamps y otros. La muestra fue comentada el día 4 de noviembre en la Nueva España por Antonio Fernández Molina, poeta y pintor muy vinculado a la galería, que concluía advirtiendo que se trataba de “una oportunidad de echar una amplia ojeada sobre un conjunto atractivo y variado del arte.”
El segundo Cuatro puntos apareció en octubre y comentaba las exposiciones de Julia Dorado en Genaro Poza, Teresa Davies en la Galería S’Art, Almenara en el Banco de Bilbao y Aida Corina en el Museo Alto Aragón. “Nada se gana en una hora ni en pocos años en el campo de la plástica. Todo el que está metido en el tajo del arte debe empezar a cada momento. Nadie es un genio si no es un gran trabajador del arte…” ese va a ser otro de los estribillos permanentes en la crítica de Fernando Alvira: la importancia del trabajo.
La siguiente publicación de la sección Cuatro puntos no la firmaba Víctor Banzo. Como trataba sobre el arte local la firma, en esa ocasión, su heterónimo pasó a ser “Tertulia” para poner distancia en un tema en el que se consideraba juez y parte ya que su actividad como pintor eran tanto o más intensa que la crítica. Con ese seudónimo se firmarían el resto de las inserciones de esa sección. En este caso se defendía la validez de mucho de lo que en pintura se estaba haciendo en la ciudad de Huesca que, con frecuencia, no desmerecía del conjunto del arte aragonés, aunque determinadas colectivas dejaran de lado a los realizadores oscenses –sin duda se refería a una serie de itinerantes de pintura aragonesa que se colgaron en Genaro Poza y en la que la totalidad de los artistas era de Zaragoza–.
A finales de noviembre expuso el albaceteño José María Martínez Tendero, pintor que en ese momento acaparaba premios por los cuatro puntos cardinales de la península y residía en Zaragoza. La semana anterior, por ejemplo, le había sido concedido el primer premio de la Bienal Ciudad de Zamora. Lastanosa hablaba de su pintura “como un paisaje poblado de extrañas máquinas… la limpieza de sus empastes, la suavidad de sus transparencias hacen de Martínez Tendero uno de los pintores más apetecidos a la hora de cubrir los primeros puestos en los concursos de pintura de todo el país…”El 11 de diciembre siguió una nueva inserción de Cuatro puntos para comentar las exposiciones de Lanzarote en el Banco de Bilbao, Martínez Tendero en S’Art, Luis Calvo en Genaro Poza y Calderón en el Museo Alto Aragón.
El 13 de diciembre Julio Gavín pronunció una conferencia en la galería S’Art sobre los trabajos de restauración que estaban llevando a cabo de Amigos de Serrablo. En una de las últimas colaboraciones firmadas por Lastanosa con la Nueva España, comentaba lo abundante de público que estuvo la galería en la charla del presidente de Amigos de Serrablo: “Uno que, pese a observar, no entiende demasiado de políticas, piensa que este tipo de labor debe ser justamente lo que se entiende por autogestión. Trabajo propio a favor del patrimonio regional. Dentro del patrimonio, lo cultural, lo artístico. Y que haya quien con anterioridad al uso normal del término, lo ponga por obra, debe significar que hay quien entiende de veras la política a favor del arte. Una extraordinaria colección de diapositivas complementó las palabras de Julio Gavín, que fue aplaudido.” El acto se había organizado para festejar la apertura de una muestra de acuarelas de Fresquet en la Galería S’Art. Otro artículo firmado por Lastanosa el sábado 17 de diciembre comenzaba indicando que “Hay momentos en los que una excesiva maestría resulta empalagosa y el excesivo dominio de una técnica algo frío y deshumanizado… pero que, pese a su maestría, la obra presentada no deja lugar al empalago. El dominio técnico presta, en esta ocasión, calor a las obras. Les da humanidad.”
El mes de enero de 1978 supuso el final de la colaboración de Fernando Alvira como crítico con la Nueva España. Se inició su reseña el día 1 comentando de nuevo la exposición de Fresquet en S’Art, la de Iván Castillo en el banco de Bilbao, la de Font Sellabona en Genaro Poza y una nueva colectiva en ese último espacio. Tras comprobar con agrado que en ninguna de las inserciones anteriores había faltado en la sección una representación del arte altoaragonés el crítico daba un amable varapalo a los realizadores locales –incluido él mismo– con las siguientes observaciones a la hora de comentar la muestra de Castillo:
Los valores que los hay –y muchos– en la pintura de este artista saldrán a la superficie el día que dejen de preocuparle los condicionamientos que impone el gusto del público. No es exclusivamente suyo ese si se puede llamar defecto, creo que también otros pintores oscenses están sometidos a esa tiranía, cuales son los Alvira, Lanzarote, Brioso, Niji, Berenguer y un largo etc. y que necesariamente deberían de preocuparse menos del espectador y más de su obra desde un punto de vista intrínseco. Ese será el día en que verdaderamente pueda hablarse de una escuela de pintura altoaragonesa, de cara también a una mayor proyección de nuestros artistas.
En la colectiva, con fines recaudatorios para los Hermanos de la Cruz Blanca, pormenorizaba el trabajo de pintores que no habían expuesto individualmente: José Alvira y Enrique Torrijos. La llega de este último al mundo del arte le parecía un importante acontecimiento.
El día 3 Lastanosa escribía sobre Fernando Pennetier, que exponía en S’Art. Las líneas finales de este comentario insisten en la importancia del trabajo: “un trabajo considerable que nos hace sentir que la pintura como creación de una realidad ya existente es algo difícil de arrasar por teorías que, mereciendo todos mis respetos, descuida en exceso el trabajo en la creación de la obra de arte.”
El miércoles 18 Lastanosa escribe su última colaboración sobre la exposición de Alberto Carrera en S’Art. Sin duda la aparición de Alberto Carrera y de Enrique Torrijos supuso una nueva manera de entender el arte desde dentro, a lo que el comentarista debe ayudar con sus críticas como ha defendido siempre Fernando Alvira dando con el espectador los primeros pasos para adentrarse en los nuevos modos (nuevos en la ciudad de Huesca cerrada a cal y canto a los cambios y no solo en cuestiones artísticas…). En el caso de la obra de Carrera: “No tolera esta pintura el tamiz de una retícula prefabricada. Ni lo tolera ni lo tiene en cuenta si no es para destruirlo…“
Apareció una penúltima inserción de Cuatro puntos el viernes 27 de enero. Blasco Valtueña en Genaro Poza y Fernando Pennetier y Alexandro en la Galería S’Art (con esta última exposición la sala se abría al Coso Alto y contó con la presentación de Raúl Chávarri que habló de la pintura realista contemporánea en España). La obra de Alexandro supuso una inflexión en las opiniones de Lastanosa que por una vez decidía que era reiterativo tanto el tema cuanto el proceso… El día siguiente se completaba el recorrido por las salas de la ciudad con las exposiciones de Ipiña en el Banco de Bilbao y de Torrijos en el Museo del Alto Aragón. Éste último había presentado solamente dibujos a bolígrafo hasta ese momento; así que le daba la bienvenida como colorista:“empiezan a surgir en Torrijos toques de color discretos que me hacen pensar en la posibilidad de un Torrijos pintor con el que el arte de Huesca debe empezar a contar”.
Lastanosa solo volvió a colaborar una vez más, en agosto, para comentar la exposición de Alejandro Brioso coincidiendo de nuevo con las fiestas. Despedida abundante, pero esta vez definitiva. Fernando Alvira había dejado la dirección de la galería S’Art hacía unos meses y sus colaboraciones empezaron a aparecer unos meses más tarde en las páginas del Heraldo de Aragón: comenzó firmando como Víctor Banzo. Para entonces la crítica de arte ya constituía para él una faceta profesional asumida públicamente, pues desde ese año 1978 ha sido miembro muy activo de la Asociación Española de Críticos de Arte, de la que llegaría a ser Presidente, y actualmente es Presidente de Honor de AECA, por decisión de la asamblea general celebrada en Madrid el día 16 de febrero de 2013, durante la feria de arte ARCO.




