Mucho dio que hablar en el último cambio de siglo la Estética Relacional, un libro de Nicolas Bourriaud publicado en 1998, cuya versión española salió en 2002. Trataba de promover el arte contemporáneo como práctica compartida, que le gustaba ejemplificar con las exhibiciones del tailandés Rirkrit Tiravanija en las que el artista cocinaba y compartía la comida con el público. Todo ello planteaba un desafío al museo tal como se había entendido tradicionalmente, a partir de lo cual se ha desarrollado también una museografía performativa: ya no nos interesa solo el arte como producto sino como proceso, e igualmente los montajes museísticos tienden a parecerse al show cooking, pues a menudo hacen exhibicionismo de sus entresijos a la vez que nos ofertan su rico banquete cultural. Ésta es la hipótesis de fondo en Museografía al filo del milenio. Su autor, Javier Gómez Martínez, es sobradamente conocido por su anterior libro en esta misma colección, Dos museologías: las tradiciones anglosajona y mediterránea, diferencias y contactos. Habrá sido difícil para él plantearse cómo dar el siguiente paso después de aquel admirable ensayo, en mi opinión el mejor que se ha escrito nunca en español sobre museos y museología; pero no ha caído en la tentación de escribir una secuela. Más bien se presenta como una contraposición o complemento, pues si entonces se centraba en las teorías, ahora su atención se enfoca en la práctica museografía, aunque en realidad sea imposible separar ambas cosas y tampoco el autor lo pretenda, pues del mismo modo que en el libro precedente ilustraba todas las corrientes teóricas con abundantes ejemplos de praxis profesional, ahora que supuestamente han pasado a ser las protagonistas de este otro en realidad funcionan como pistas de despegue desde las que el lector va a elevarse a argumentos teóricos (por ejemplo, la influencia del pensamiento de Zygmunt Bauman sobre lo leve y líquido en el flujo de narrativas entrecuzadas en nuestros museos). A veces no es fácil seguir el hilo a tales alturas mentales, pues no es libro de lectura sencilla, por la rebosante cantidad de información que condensa. Especialmente cuando el profesor Gómez Martínez, que es también gran experto en bóvedas góticas, insiste en trazar paralelismos entre el milenarismo medieval y el de nuestra época, aunque es obvio que el paso del clínico white cube moderno a los espacios en bruto, los almacenes visitables y las “cajas negras” por donde transitamos y contemplamos videoinstalaciones son ya propios de una nueva era museográfica (y museológica). No sabemos cómo se la identificará en el futuro, pero me encanta el subtítulo del libro, Tendencias y recurrencias, pues es muy cierto que muchas de estas innovaciones reenvían a precedentes históricos. Como bien nos revela este libro, la actual apuesta por el teatro, conciertos u otras artes performativas en los "templos de las musas" no es sino una vuelta a los orígenes, ya que etimológicamente las musas estaban relacionadas sobre todo con la música y la poesía. Ni siquiera los metadiscursos autorreferenciales sobre el propio trabajo curatorial son un invento posmoderno. “Nada nuevo bajo el sol”, sería la conclusión perezosa tras leer un volumen de casi quinientas páginas repletas de paralelismos entre la más rabiosa actualidad y sus precedentes históricos; pero lo prudente sería aprender de todo ello a ser modestos y respetuosos, no destruyendo radicalmente los montajes expositivos históricos que aún se conserven, aunque los consideremos pasados de moda, pues nos arriesgaríamos a que puedan venir museógrafos futuros a reconstruirlos, a costa de mucho dinero e imaginación. Tendríamos historicismo, en lugar de historia (algo que ya ocurre con gran parte del patrimonio gótico después de Viollet-le-Duc). ¿Pero no son muchos museos y ciudades del siglo XXI cada vez más parecidos a parques temáticos?


