De 15 de julio a 25 de septiembre hemos podido ver en el Palacio de la Aljafería la exposición Flora y fauna, en la que tres artistas han dado una visión muy distinta de la naturaleza y su relación con el hombre.
María Buil ha dejado su vida en París para venir a vivir donde están sus raíces, los Monegros. Define a los artistas como receptores de emociones. Utiliza el óleo en sus obras por su calidad de materia orgánica, materia viva. Presenta una colección de pequeños retratos, que contrastan con el gran tamaño con el que representa a la mujer sabía, al gran sapo o a la oveja que nos mira atentamente. Pone a un mismo nivel animales y humanos. Humaniza a los animales que trata. Pinta lo que le rodea, lo que tiene cercano, lo que le provoca sentimientos, emoción y se ocupa de trasmitírnoslos a través de su expresionista obra.
La obra que presenta Ignacio Fortún, Un viaje, revela una visión casi hinduista del hombre frente a la naturaleza, el hombre y los animales se integran en ella, en una atmosfera tranquila, sagrada, de respeto mutuo. Hombre, animales y paisaje constituyen una unidad, forman parte del inconsciente colectivo. Es la vuelta al origen.
Encontramos obras en las que no hay presencias, en las que intuimos que hombre y vacas han estado allí, han dejando sus huellas en el camino, abren senderos. En otras, las vacas conducen al hombre, lo transportan y dirigen. En ocasiones es el hombre el que va a su encuentro, mientras el animal parece esperarle pacientemente. Hay agrestes paisajes dominados totalmente por la presencia de las vacas que contemplan plácidamente el horizonte desde la altura.
Un viaje, es la continuación del quehacer anterior de Fortún, Los nadadores, el hilo conductor es la presencia en la naturaleza de un animal que podríamos llamar sagrado, la vaca. En estos variados escenarios que no pertenecen a ningún lugar en concreto y podrían estar en cualquier paraje de nuestra geografía.
Emplea en su ejecución pigmentos, en una mínima cantidad, sobre planchas de zinc, trabajadas con sosa caustica más o menos diluida para que muerda el metal según la intención del artista. Es la primera vez que estas planchas que soportan su obra, han sido utilizadas con anterioridad para grabar sobre papel artesano, en una edición muy limitada de cinco o seis ejemplares, antes de pasar a constituir su obra pictórica.
Lina Vila, utiliza acuarela sobre papel para demostrarnos su dominio del dibujo. Es una pintora que en otras ocasiones ya se ha empleado en la naturaleza, sobre todo en su faceta animal, muchas veces obras monocromas sobre fondo blanco, toda clase de aves, alces, cabras…, en lo que parecen minuciosas láminas de un tratado de ciencias naturales. Ahora es una naturaleza salvaje, su protagonista es la calabaza, planta que si dejamos se apodera de todo el huerto, va ocupando lugar, extendiendo sus hermosas y verdísimas hojas y llenando todo de alegres y anaranjadas calabazas.
Igual que en los cuentos, en que las plantas crecen hasta ocultar totalmente el castillo, en el que duerme su sueño la princesa, el verdor se apropia del soporte y en horror vacui, ocupa toda la superficie, en una feliz visión barroca de una rústica naturaleza. Aquí la única figura humana que se integra en esta maraña vegetal, es una mujer desnuda, posiblemente la propia autora, recostada contemplando una gran calabaza, que aprovecha para fecundarla. La naturaleza ha tomado a la artista en cuerpo y alma.


