Goya quizás sea el artista que con más agudeza haya observado la sociedad que lo rodea y más profundamente haya respondido a los transcendentales acontecimientos de su tiempo. A través de su obra fue implacable con los males que asolaban al país: ignorancia, corrupción y la superstición. Al mismo tiempo era capaz de mostrar una cautivadora curiosidad por describir las tradiciones y pasatiempos de los españoles.
En Europa, en la pintura Barroca, se exigía exactitud en el parecido, poder en los hombres y belleza y fecundidad en las mujeres. Goya en la España del siglo de las luces, llevó el arte del retrato a nuevas cotas, gracias a su habilidad para llegar al fondo psicológico, y sonsacar la vida interior de sus modelos. No sabemos si la sociedad española del siglo XVIII y XIX, era consciente, de que el artista que los retrataba iba a alcanzar la fama universal reservada por la Historia, a unos pocos privilegiados. Así mismo, su obra incluye el rostro que el artista mejor conoce, el suyo. Desde el joven decidido y ambicioso de larga melena, que empezaba a abrirse paso en la Real Fábrica de Tapices, hasta el medio moribundo, que aparece junto a su médico, el doctor Eugenio Arrieta, en señal de respeto y admiración, por haberlo salvado de la terrible enfermedad que le asolaba.
No es nuestra intención realizar un estudio serio sobre la sociedad Española que Goya retrato. Sirva más bien este texto, a manera introductoria por la publicación del libro Los retratos. Goya. Una cuidada y excelente edición, de la Editorial Turner, de la exposición que, bajo el mismo título pudo verse en la National Gallery, de Londres, hasta las navidades del pasado año 2015. El presente libro reproduce y comenta algunos de los retratos que figuraron en la citada muestra, pero no a la manera de un libro-catálogo, sino más bien como un trabajo, en el que varios especialistas como Juliet Wilson-Bareau, Manuela B. Mena Marqués, Thomas Gayford y Allison Goudie. Capitaneados por el comisario de la muestra Xavier Bray repasan la trayectoria y evolución del artista aragonés desde los primeros encargos de retratos oficiales, a personalidades de Estado, a los que les faltaba sofisticación, hasta los últimos realizados en Burdeos donde “apenas le restaban ya fuerzas para salir pasear o siquiera empuñar el pincel”. El libro se complementa con las notas a las obras presentadas y biografías de los retratados.


