Subjetividad manda, de ahí que, en esta ocasión, cambie el tono para referirme a la que personalmente, insisto, me ha parecido por razones específicas una de las exposiciones más impresionantes entre las que he visitado y re-visitado durante 2015. Aconteció en la capital alemana entre los meses de mayo y septiembre, desplegando con delicada dureza su discurso en un recorrido a lo largo de quince salas situadas en la parte antigua del Museo Judío, ubicado en el barrio berlinés de Kreuzberg. Dichas estancias, pensadas como capítulos de una obra plural, concitaron las producciones de una coral de creadores de diverso signo y tiempo que Boddeke y Greenaway supieron integrar en una polifonía perfectamente articulada según criterios históricos, temáticos y conceptuales, imbricados con solidez en forma de pieza multisensorial.
El título de la muestra –Gehorsam/Obedience– acoge tantas sugerencias como abierto es el planteamiento de la misma. El eje director lo constituye un tema que es lugar común para las tres grandes religiones monoteístas del globo. Islámica, judía y cristiana, las tres profesiones de fe contemplan en sus libros sagrados uno de los episodios que, por su propia naturaleza, resulta más controvertido: la intención de Abraham de sacrificar a su hijo Isaac (Ismael según teóricos de la religión musulmana), por orden de Dios. Aunque finalmente el crimen no fue consumado, el mero gesto del mandato por parte de la divinidad, y la mansa recepción del mismo por el patriarca primigenio, no están exentos de una potente carga de cuestionamientos. El amor paternofilial confrontado al sometimiento a un dios, los sentimientos y la moral frente al acatamiento y la obediencia profesada hacia una entidad superior, son explorados por ambos artistas a través de una gran diversidad de manifestaciones culturales generadas en un amplio recorrido histórico desplegado en los tres grandes ámbitos religiosos. En todo el conjunto se incide en la persistencia actual de esa arcaica estructura de poder -basada en el sometimiento dogmático-, expresada hoy en forma de terribles e indiscriminados desastres y masacres, amparados en dictámenes todopoderosos que atenazan aquellos núcleos donde el arraigo de la fe y de sus derivas adulteradas son más intensos.
Si algo quiero destacar del enfoque particular adoptado por los dos artistas creadores de este interesante conjunto de instalaciones, es su alejamiento de argumentos moralizantes, toda vez que favorecen e incentivan, por medio de un paseo experimental y envolvente, una profunda y sensitiva reflexión crítica, cuyo efecto se dejaba leer en los rostros reactivos de los visitantes. Boddekke y Greenaway han logrado sacudir de manera indefectible la indiferencia empachada del blasé, a través de una escalada en el grado de realidad e inmediatez con la que el espectador se identifica progresivamente, hasta llegar al clímax en las dos últimas salas, donde la conexión con los acontecimientos presentes es máxima y, como despedida, casi como una estocada final asestada a la conciencia del receptor, éste se ve instado a desencadenar un cuestionamiento íntimo que gira en torno a su identificación con Abraham, el que obedece y venera la orden superior, el emisario de la fe ciega capaz de acabar con la vida de su propio hijo en nombre de un dios. Una parábola certera que ilustra plenamente un presente de conflictos armados en nombre de entidades abstractas que, bajo distintos argumentos, perpetúan sus estructuras de funcionamiento básico: la obediencia sumisa ante el poder. Entiéndase con ello variantes como gobierno, dios, patria, economía, ideología, o ejército, la fórmula que corresponda con cada caso.
Saskia Boddekke y Peter Greenaway forman aquí un tándem creativo de primer orden, que se hace evidente en la concepción de esta muestra, su último proyecto común entre un vasto conjunto de colaboraciones. La holandesa es una artista multimedia con una importante trayectoria desplegada en los nexos entre el arte y las computadoras, y la producción de imágenes proyectadas; ha trabajado notablemente con el dispositivo llamado Second Life, que permite combinar en la pantalla seres reales con otros generados por procesos electrónicos. Su marido, Peter Greenaway, es un artista y afamado realizador de cine, facetas que ha sintetizado en la concepción de numerosas instalaciones y en su proyecto Tulse Luper Suitcases VJ Show[1], donde acomete una simbiosis entre el cine y las nuevas tecnologías, sustentada en el tratamiento de la imagen como base de un lenguaje artístico global renovado.
Este compendio de técnicas se dan cita en lo que casi podríamos caracterizar de gestión escenográfica de esta exposición, con varias constantes que sirven de hilos conductores entre las quince salas. Cada una cuenta con una pieza filmada o creada por procesos informáticos, de distintas características, integrando diversos lenguajes y formatos, en fragmentos que recrean o cuestionan el episodio de la orden de sacrificar a Isaac, o bien el eco de esa misma fórmula a través del tiempo, conjurando el análisis de la perpetuación de acciones destructivas por orden de un dios o de una ideología, entidades contaminadas. Es el caso de un filme protagonizado por la compañía Club Guy & Rony donde se representa la historia de Abraham, Isaac, el ángel y el diablo en su peregrinación al monte Moria. O del audiovisual que sirve de interesante vínculo con el espectador, buscando sin duda su identificación con el personaje en el cual radica todo el peso de la exposición, y que actúa como hilo conductor: el hijo; decenas de personas aparecen en pantalla afirmando en varios idiomas: "yo soy Isaac" (ver https://www.youtube.com/watch?v=sYq5qBPIoeE).
No solo mediante la imagen se articula el discurso coherente de Gehorsam, también la palabra escrita, la emanación de la palabra divina a través de la Biblia, el Corán, la Torah, se despliega sobre los muros de las diferentes estancias, y sirve como referencia para situarnos en un espacio de reflexión que enlaza de modo inquietante con nuestro entorno inmediato. Hijos de un padre, hijos de un dios, cuya vida se hipoteca en el nombre de aquél a quien están sometidos por nacimiento, elección, o peculiar interpretación. Y así la muerte se transustancia en una posibilidad de vida, adulterada, eso sí.
Como no podía ser de otro modo, una selecta colección de obras plásticas ilustran la reflexión de Boddekke y Greenaway, presentadas asimismo bajo distintos lenguajes, desde el video mapping, como es el caso de la presentación de la imagen de dos obras emblemáticas para la dimensión histórico-artística de este suceso, El sacrificio de Isaac, pintado en 1603 por uno de los máximos exponentes de la pintura barroca, Caravaggio, y el Agnus Dei, lienzo que el gran representante del Siglo de Oro español, Francisco de Zurbarán, realizó entre 1635-1640. Ambas forman un poderoso tridente junto con la reproducción de una obra de Paolo Veronese, cuyo título explícito es El sacrificio de Isaac, pintura de 1586, y parte del repertorio localizado en la Edad Moderna, tan representativa de la persistencia iconográfica de esta temática que abraza lo religioso y lo dramático.
Una gran presencia de objetos relacionados con el tema del sacrificio, y con las tres profesiones de fe que lo tienen presente entre sus principios, se dispone por la casi totalidad de las salas, desde cuchillos, hasta ejemplares de los libros representativos de los tres orbes religiosos y sus prácticas, en lo que constituye una magnífica selección de verdaderas joyas de bibliofilia, acompañadas de crucifijos, mantos y otros enseres litúrgicos, que no son sino fragmentos de la presentación escenográfica de la obediencia indispensable para el mantenimiento de dichas doctrinas.
Como parte esencial de la configuración de algunas de las instalaciones, se incluyen algunas realizaciones de reciente factura, como es el caso de la que lleva por título "God and the Angel", un espacio marcado por la asepsia, con sus muros rebozados de plumas níveas, al que se accede descalzo. En ella se encuentra una obra construida con medios mixtos del artista siempre impactante Xooang Choi, titulada The Wings, datada en 2008, y que corresponde a una amalgama de manos cuya articulación genera unas grandes alas pendidas del techo figurando levitar. Las acompañan una serie de primeros planos fotográficos en blanco y negro de parejas de manos entrelazadas, cuyo autor, el escritor y artista croata Igor Mandic, se esfuerza en enlazar con un tiempo presente, por medio de retratos de unas manos que incluyen signos perfectamente identificables con la realidad coetánea. Todo ello prefigura la permanencia de las huellas de presencias angélicas, cuya materialización hoy acusa la metamorfosis connatural a la evolución de los tiempos.
En abierto contraste, la sala contigua dedicada a Satán, con un contador de presencias, suelo empedrado como corresponde a la lapidación simbólica del ente maléfico que tentó a Abraham en la peregrinación a la Meca, y un filme en el cual un actor protagoniza una caracterización de este personaje absolutamente hipnótica, cargada de histrionismo interpretativo en su declamación, y en su puesta a punto visual.
Boddekke y Greenaway no desdeñan cierto matiz didáctico en sus instalaciones, así dedican tres de las salas a la caracterización de determinados episodios que establecen algunas de las señas de identidad más características de la tríada religiosa a la que se refiere la muestra. El Islam es ilustrado mediante la exposición de la dinámica actual de peregrinación a la Meca, con sus rituales y costumbres patentes en objetos, información escrita, y a través de un filme que la recrea. Los crucifijos que se acumulan en la sala identificada con la profesión de fe cristiana, actúan como enlace entre el episodio de una orden de sacrificio finalmente no consumado, y la propia crucifixión de Cristo, todo ello ilustrado con un buen número de piezas ligadas a esta religión icónica por excelencia, tales como libros sagrados, utensilios litúrgicos, relieves, y algunas piezas emblemáticas de autores como Rembrandt, o el gran representante de la Nueva Objetividad, Otto Dix, aportando visiones de un mismo tema con connotaciones abiertamente divergentes. El judaísmo, por su parte, se ampara sobre todo en la palabra escrita, que hace patente y difunde el episodio del llamamiento al sacrificio, enlazando con la resistencia frente a la conversión de los caracterizados como mártires durante la abundancia de persecuciones de judíos en las Cruzadas, que se prolongará en terribles progromos que llegan hasta la edad contemporánea.
El cuerno del carnero, shofar, que ocupó finalmente el lugar de Isaac en la operación de sacrificio, tiene un lugar preponderante en el judaísmo, y se hace especialmente evidente aquí en una de las salas, en la que se incluye The Black Sheep with Golden Horns, un carnero conservado en formaldehído, obra de 2009 del artista Damien Hirst.
Es interesante remarcar que ambos artistas, Boddekke y Greenaway, han incluido un interesante contrapunto a la historia narrada en las fuentes escritas en torno a este dramático suceso de disposición triangular, personificada en una deidad, un verdugo, y una víctima. Así, una de las salas está consagrada al papel desempeñado en este drama por las madres de los llamados al sacrificio, Sara en las tradiciones cristiana y judía, y Hagar en la musulmana, ambas incluidas únicamente en textos exegéticos. Su sufrimiento se dilata en el tiempo estableciendo un nexo con el de las víctimas de enfrentamientos, más y más destructivos conforme avanzamos en el tiempo.
También el acto sacrificial es expuesto mediante una gran abundancia de signos denotativos en una sucesión donde aumenta la escalada de sangre, haciendo de este modo que la percepción e implicaciones de semejante acción de muerte aparezca progresivamente menos simbólica y más cruda, más física, condición sine qua non del premio en forma de esperada y supuesta promesa reparadora, paradisíaca. Así, la sala que especifica esta acción, titulada The Binding, se asemeja a un corredor de sangre, poblado de instrumentos de tortura/instrumentos de santidad y de necesario martirio.
Todo concluye, y alcanza su culmen, en las proyecciones de la estancia que lleva por nombre The Sacrifice, donde se proyectan imágenes y testimonios de los principales conflictos del mundo contemporáneo donde el sacrificio se ha convertido en uno de sus principales argumentos, y donde la obediencia, que implica la misma porción de fe que de miedo y sometimiento -y que la religión contempla como virtud-, constituye su modelo operativo por excelencia.
Luca D'Alberto es el responsable de una banda sonora que recorre las salas junto con el espectador, en una exposición que lo envuelve y, por su misma esencia, lo posiciona, lo afecta, y sacude su pensamiento en dirección a las verdaderas semillas que alimentan las guerras y enfrentamientos que extienden el horror en nuestras conciencias. Las conclusiones se desgranan en cada uno desde el momento en que la secuencia de estímulos de la exposición llega a su paroxismo, prolongándose durante el proceso de retorno a la otra realidad, la expulsada por la prensa y los televisores, que a menudo la extirpan de su raíz histórica y de sus causas mayores, paralizando el cuestionamiento. Sin duda, hay que entender esta brillante propuesta artística como una sacudida, a la vez que como una puesta en contexto de aquellos episodios que enarbolan y reducen la religión como un alegato criminal que, en su esencia, no es más que pura ideología.
[1] Por su destacado interés para construir la personalidad artística de Greenaway, es recomendable visitar la siguiente dirección: www.petergreenaway.org.uk/tulse.htm


