La galería Finestra inauguró el 16 de abril El tiempo imaginario, de Norberto Fuentes (Caspe, 1958). Varios dibujos suyos ilustran un libro homónimo de Francisco López Serrano. Los dibujos, con gran dominio de la línea, abordan gran variedad de temas, sean o no surrealistas, como la muerte, el tiempo a través de un reloj, muy exagerado en proporción al resto de la composición, un basurero urbano con múltiples objetos, un desnudo masculino corriendo por lo que sea, ciudades inventadas y figuras humanas mecánicas mutiladas.
También tiene cinco esculturas, una de papel y cuatro con hilo de cobre. Figuras, salvo dos, con tendencia filiforme, toque expresionista, excepto la de papel, y alta supresión de elementos formales. Muy atractivas.
La exposición se cierra con tres cuadros mediante espacios de variados colores e incorporación de una figura por cuadro, que se caracterizan por su condición mecánica, como algunos dibujos, según comprobamos en la pierna que es una llave de perro y un pie con un rodillo. Surrealismo algo forzado al añadir lo que sea para generar impacto.
La exposición es muy abarcadora al tratar muy dispares temas con diferentes tendencias artísticas, como si nos contara múltiples sucesos con dispar planteamiento formal. En ambas características, temas y tendencias, está el máximo defecto de la exposición pues imposibilita profundizar en un asunto específico.
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Desde el 14 de mayo, con prólogo de Antón Castro, tenemos una exposición que abarca variados temas bajo el título María Buil. Lo visceral en la experiencia estética. Los retratos infantiles, de una figura femenina y de un adulto muestran precisión de la línea, excelente técnica y perfecta combinación de colores, sin duda pensados desde un ángulo convencional. Lo mismo puede afirmarse sobre los muy pequeños cuadros con un anodino caracol en cada uno o sobre las flores. En cuanto a la naranja como único tema, hasta un total de ocho en muy pequeño formato, cabe sugerir la ausencia de un matiz trascendente. Otra cosa es cuando el tema de la tartaleta o de los pasteles, siempre con el mismo enfoque, lo lleva a mayor formato, de manera que se aprecia mejor la suelta técnica acompañada por un toque creativo nacido desde el interior. El citado título de la exposición, María Buil. Lo visceral en la experiencia estética, es un auténtico despropósito siguiendo los temas comentados (un caracol, una naranja o un pastel), pues nada hay de visceral emergiendo desde el corazón artístico con dosis de sufrimiento si procede. Exhibición, vista en su totalidad, planteada con muy buenas intenciones pero, en el fondo, para complacer a un público concreto.
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El gran Guinovart, 1927-2007, expone en la galería Kafell desde el 7 de mayo. Seis esculturas basadas en dos conejos, un tanto flojos, y cuatro búhos, así como numerosas obras con cuadros, papeles y grabados, casi todas abstractas salvo dos con la calavera como tema, son más que suficientes para mostrar su categoría. Pero hay un grave problema. Estamos ante una especie de muestrario, tipo tienda de tejidos, en donde entra todo sin un hilo con lógica, cuyo único objetivo es vender, que nos parece muy bien pero guardando siempre las formas, ni digamos cuando el artista ha fallecido, de manera que la absoluta obligación de todos, incluyendo al galerista, es defender el legado del artista sin traicionar su espíritu. Guinovart, en vida, jamás habría organizado una exposición con tal enfoque. El planteamiento natural, respetuoso, habría sido mostrar un período concreto y otro durante la última etapa de su vida artística. Dos ejemplos aunque hay otras variantes. En la exposición entramos felices y salimos muy irritados por decirlo en plan suave. Aún recuerdo su voz y su mirada.


