El IAACC Pablo Serrano nos presenta, por segunda vez, un festín visual cocinado a partir de obras selectas del acervo artístico recientemente adquirido a la coleccionista Pilar Citoler. En esta ocasión es una selección más reducida – solamente ocupa la tercera planta del museo– que ha comisariado Lola Durán, buena conocedora de esta colección. Su planteamiento sigue en parte los precedentes sentados por María Corral en la exposición anterior, pues también vuelve a dejar apartados a un lado, junto a la entrada, los dibujos y papeles de pequeño formato de Chia, Cucchi y Baselitz (con otras obras menores de Barceló, Pérez de Vargas y Zush); quedando en otro espacio marginal, al fondo de la sala, otras obras (muy importantes) de artistas extranjeros menos conocidos como Dimitri Perdikidis, Angela von Neumann, o John Ulbricht, que estuvieron activos en la escena artística española e infundidos de la estética dominante en la muestra. De este modo, la parte del león se la llevan en el espacio expositivo los cuadros de los artistas españoles activos en aquella década de entusiasmo y grandes formatos, cuando se “redescubría” apasionadamente la pintura. Algunos practicaban una abstracción lírica declaradamente bidimensional, como la “pintura-pintura” que abanderó nuestro paisano José Manuel Broto, estupendamente representado en esta exposición con un colorista homenaje a Zaragoza; otros, siguiendo el magisterio de Luis Gordillo y sus secuaces de la “nueva figuración”, volvieron a una representación narrativa; a veces tan erudita como las evocaciones arquitectónicas de Guillermo Pérez-Villalta, aquí representado con una composición inspirada en el laberinto de Creta –en la que no faltan Teseo y el Minotauro–, aunque para mi gusto no es una de sus obras mejores, quedando un poco eclipsada por el enigmático cuadro de su acólito Sigfrido Martín Begué colgado en frente. Lo que siempre se suele decir es que el común denominador de todas esas tendencias era la alegría de vivir que rezumaba entonces la España de “la Movida”, que se había sacudido los lastres políticos del franquismo y la transición, abriéndose a Europa y al mundo, en un momento de prosperidad económica, de liberalidad en las costumbres, de progreso. Ello propició una feliz efervescencia cultural, de la que dan excelente testimonio en esta exposición dos de los cuadros más grandes y expresivos: Omphalos II (Delphi) de Miguel Ángel Campano, y Sin título, de Curro González (un entramado reticular en el que evoca ventanas iluminadas que nos dejan asomarnos a estancias domésticas, aunque no veamos en ellas personas, así que se aleja un poco de la línea voyeurista de La ventana indiscreta). Hay poca representación de la movida aragonesa y de nuestra pintura postmoderna, que también la hubo muy buena, aunque la muestra nos depare la agradable sorpresa de descubrir un Bodegón de Paco Simón, cuando todavía era figurativo y no había forjado aún su estilo pictórico tan peculiar. Pero especialmente se echa de menos, en un museo que lleva el nombre de un escultor y en una colección cuyo punto fuerte son las creaciones fotográficas, un esfuerzo por una representación más variopinta de las diversas técnicas artísticas, sobre todo teniendo en cuenta que el título de la muestra no es “Pintores de los Ochenta” sino que en todo momento se proclama como un repaso al sustrato cultural de una era: Dis Berlin está muy bien representado con su evasivo cuadro alusivo al cielo, pero hubiera sido estupendo tenerle también como diseñador, complementado por fotos de Ouka Leele u otras estrellas de aquel psicodélico firmamento. También siguen faltando, como en la anterior exposición montada por María Corral, epígrafes y paneles explicativos que ayuden al público a entender mejor la estructura de la presentación: se trata de una colección que hemos pagado entre todos, y a todos hay que dar la oportunidad no sólo de verla, sino también de comprender lo que se presenta en el museo, que ya no es una colección privada (eso sí, hay que agradecer a la comisaria las muy oportunas citas de autores como Simón Marchán Fiz o Juan Manuel Bonet, en rótulos muy esclarecedores). Pero la más sobresaliente aportación de Lola Durán ha sido sorprendernos con la inclusión de un elenco de artistas que no pertenecen a la lista de habituales en las exposiciones sobre aquella época, pues los historiadores del arte tendemos a encasillar a los artistas por generaciones y periodos, de manera que nos fijamos en ellos en el momento de su florecimiento, olvidándonos después de que siguieron trabajando. Aprendamos la estupenda lección que aquí se nos da, pues mal se puede comprender el colorismo de los ochenta si no es por oposición al negro existencialismo del grupo El Paso y, también, en relación con los viejos maestros que abrieron brechas de encendido cromatismo, como Josep Guinovart y Albert Ràfols Casamada o Gerardo Rueda, Lucio Muñoz y Juana Francés, muy oportunamente representados en esta muestra, pues en los ochenta aún estaban en plenitud creativa.


