Dibujando el espacio y esculpiendo trazos: una cartografía de la escultura española del siglo XX

 

Desde el 12 de febrero y hasta el 17 de mayo puede disfrutarse en Zaragoza una exposición de altísimo nivel, tanto por su calidad estética como por el valor historiográfico de la misma. Para descubrirla, basta con acercarse al Palacio de Sástago y recorrer la muestra Dibujar el espacio. De Picasso a Plensa, todo un lujo que permite conocer mejor la escultura española del siglo XX y corroborar la gran habilidad que los escultores han tenido tradicionalmente para afrontar la creación bidimensionalmente (cobrando aquí especial relevancia el dibujo y el grabado). La larga nómina de artistas presentes en la muestra nos acerca a grandes figuras de primer orden. Tal logro resulta factible toda vez que la selección de obras se ha hecho partiendo de los fondos de la Colección ICO de Escultura con Dibujo, (lo cual ayuda a explicar muchas cosas, incluido lo excepcional del evento). Con todo, la exposición no es un trabajo de tesis destinado a deleitar al experto o al erudito –que también–, dado que ofrece múltiples lecturas, pudiendo disfrutarse de la misma independientemente del móvil seguido por el espectador.

Dando algunas pautas orientativas, convendrá señalar que existe un hilo conductor cronológico más o menos lineal, sin olvidar, no obstante, que muchos de los artistas presentes tuvieron una vida creativa muy larga y ello les hizo estar en primera línea durante varias décadas (sin ir más lejos, puede encontrarse un dibujo de Miró de 1930 junto a una pieza en bronce del mismo autor de 1970). Con todo, sí que resulta conveniente trazar algunas divisiones para cartografiar mejor un tema tan amplio como el que centra la exposición, debiendo puntualizar aquí, como subrayaría Calvo Serraller (1992) en su libro Escultura española actual, que en este tipo de estudios es recomendable optar por un mapa político frente al físico, es decir, lo nominal frente a lo  grupal.   

Así las cosas, y lejos de buscar nexos o elementos vertebradores, encontramos un listado de artistas irrepetibles cuyo peso y repercusión es incontestable: Picasso, Dalí, Juan Gris, Gargallo, Julio González o Torres García, por citar solo algunos, evidencian la calidad anunciada. Evidentemente, semejante legado se manifiesta a través de piezas relativamente modestas (si es que tal adjetivo es admisible ante los nombres señalados), pero ello no es óbice para que pequeñas joyas como “Arlequín” (1923) de Juan Gris o “Figura” (1929/30) del hispano-uruguayo Torres Garcíajustifiquen, por sí solas, la visita al palacio de Sástago.

Avanzando algo en el tiempo, las figuras más destacables son Chillida, Oteiza, Tápies, Ferrant, Alberto Sánchez o Esteban Vicente. Como es sabido, casi todos ellos se movieron sin problemas en diferentes disciplinas, intercalándose el rol de pintor y de escultor indistintamente muchas veces. No obstante, los dos creadores vascos marcaron sendos hitos en la historia de la escultura, si bien Chillida cobra un peso específico como dibujante y grabador, (igualándose, en este sentido, al reconocimiento vivido por artistas universales como Henry Moore o Giacometti, lo cual deja todo dicho al respecto).

Desde un punto de vista más general, cabe añadir que el diálogo que establecen las obras gráficas con las esculturas de un mismo autor en la muestra es tan enriquecedor como acertado, aumentado de manera exponencial la sinergia que todas las piezas establecen en el espacio que las alberga de forma conjunta. De todas formas, por buscar algún “pero” –aunque quizá sea más justo hablar de un deseo–, se echa de menos algún dibujo de Chillida, caso, por ejemplo, del personalísimo trabajo que hizo tomando las manos como motivo central (algo que, curiosamente, parece querer contrarrestarse toda vez que se han reproducido en un muro de la sala unas palabras del donostiarra acerca de la fuerte relación existente entre los escultores y los porteros de fútbol –dos mundos que conoció muy bien–, y cuyo nexo no es otro que la necesidad de manejarse adecuadamente en la compleja relación tiempo-espacio).

Siguiendo con el arriesgado ejercicio que venimos haciendo de intentar trazar un surco o dirección en la lectura de la exposición, parece acertado introducir los nombres de AndreuAlfaro y de Pablo Palazuelo. Artistas ambos de larga trayectoria que abrazaron la abstracción de forma muy diferente y cuya producción gráfica no desmerece de su trabajo tridimensional, si bien podría apuntarse –corriendo un nuevo riesgo–, que quizá la huella del segundo ha ido ganando más brillo con el paso del tiempo (insobornable juez y verdadero “escultor” a la postre, como bien diría Marguerite Yourcenar).  

Por otro lado, los casos de Eduardo Arroyo y Antonio López son quizá los más evidentes en lo que se refiere a incursiones de pintores en la escultura, siendo obligado en esta ocasión no perderse la pieza de Arroyo “Mesa Tío Pepe”, pues a la peculiar ironía e idiosincrasia de su trabajo se añade la sorpresa de tratarse de una escultura de 1973 (!) cuya frescura sigue intacta y encajaría sin problemas con sus obras más recientes.

Ironía y frescura que los ochenta trajeron a un país que dejaba atrás una larga dictadura y que ansiaba abrazar una modernidad que le había sido negada. Al respecto, Calvo Serraller anotaría que para revisar la escultura española del siglo XX debe asumirse el gran salto al vacío que se produjo como acceso a la modernidad, es decir, el paso de lo prehistórico a la vanguardia saltándose precisamente la historia. En cualquier caso, y centrándonos en la década anotada, debe recordarse que la misma significó una edad de oro triunfal para la escultura, (llegándose a decir en aquel momento, como suscribió Rosa Olivares, que la escultura apareció, por primera vez en la historia del arte, como sustituta del personaje central de la representación). Así pues, es lógico que el nivel de Dibujar el espacio. De Picasso a Plensavuelve a ganar enteros cuando nos encontramos con figuras tan destacadas de aquella hornada como son Juan Muñoz, Francisco Leiro, Adolfo Schlösser y Miquel Navarro (imperdonable perderse su obra “Cruce”, una de de sus particulares y exitosas “ciudades” fechada en 1990).

Además, por fortuna, a la larga nómina de artistas que vamos desgranando se sumaron en dicha década varias escultoras que se ganaron un merecido reconocimiento, algo que queda constatado en este ocasión con los trabajos de Susana Solano, Carmen Laffón y Eva Lootz (dejando esta última muy alto el listón con su espléndida obra de 1989 “Tarea infinita”). En este punto, podría hacerse una pequeña objeción reclamando más presencia femenina (sorprende mucho la ausencia de Cristina Iglesias), si bien es cierto que también cabría pensarse en muchos otros nombres (como, por ejemplo, los de quienes compusieron la “nueva escultura vasca”: Irazu, Badiola, Moraza…), todo lo cual evidencia tanto la complejidad y dificultad que toda elección conlleva, como el hecho de que ya no queda nada que ejemplifique un sentir colectivo, (habiendo devenido el arte contemporáneo, tal y como mantiene Calvo Serraller, en una suma heteróclita de mónadas).

En resumen, aunque no pueda hablarse propiamente de una antología  de la escultura española del siglo XX (el esfuerzo sería titánico y haría falta la colaboración de numerosos centros e instituciones), estamos ante una exposición tan potente como atractiva que está llamada a dejar huella sin que ello influya en su capacidad para seducir al gran público. La guinda a tan suculento plato la ponen los arquitectos Gaudí y el luso Álvaro Siza, y un aragonés inolvidable: Víctor Mira. El guiño al futuro queda materializado en Jaume Plensa, abriéndose con él una puerta que todavía no sabemos a dónde conducirá y que, a pesar de la promesa que encierra, habrá de ser estudiada en otro momento y, a buen seguro, en otros contextos…

Palacio de Sástago, Zaragoza

Número 30

Marzo 2015
Juan RESANO LÓPEZ
Doctor en Bellas Artes y profesor de Didáctica de la Expresión Plástica en la Universidad de Zaragoza
Fecha de recepción: 29/3/15
Fecha de aceptación: 29/3/15
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