En la Sala Alcalá 31, perteneciente a la Comunidad de Madrid, hasta el próximo 30 de marzo, permanecerá abierta la muestra que nos ocupa, que, más que una exposición compuesta de diversas obras, consiste en una única instalación que aúna elementos volumétricos, objetuales: troncos de madera suspendidos en el aire, sostenidos por unos invisibles hilos que penden del techo, y que se disponen colocados a cada lado de la sala, un pequeño montón de arena, a la derecha según nuestra posición de espectador, sobre el que se proyecta un haz de luz que hace que cambie de color (verde, rosa, azul, etc.) según un lapso rigurosamente prefijado, una nueva proyección sobre una pantalla en la que podemos contemplar una serie de formas geométricas simples, a base de rectángulos, que se disponen a partir de una articulación que tiende a recrear un ritmo circular, en espiral continua, noción de continuidad que se reafirma mediante el intercambio, igualmente prefijado rítmicamente, de los colores, formas y grafías sobre dichos rectángulos (un carácter dinámico que tiene su contrapeso en el equilibrio por la estructura simétrica que presentan siempre las composiciones proyectadas). Todo ello, asimismo, forma un bucle de continua repetición, de ahí se deriva la sensación de infinitud, como si realmente se nos mostraran millones de pinturas, según reza el título de la instalación. Finalmente, la obra queda completada por un recurso sonoro: un fondo musical compuesto por el propio Eno (quien es conocido sobre todo en el panorama artístico por esta faceta creativa), de suaves y continuas cadencias, de notas suspendidas en el aire, como los troncos a los que hemos aludido, y que contribuye a la configuración de una atmósfera muy singular (aunque no todo lo que debería ser por la mala insonorización del espacio con respecto del resto de dependencias del edificio institucional que alberga la obra), que dota de espacialidad, de ambiente (la etiqueta usual para referirse a este estilo musical es ambient music), de espacio, en un sentido casi de habitabilidad, frente a la planitud predominante de la proyección. Unas formas coloreadas cambiantes, por otra parte, que nos recuerdan los planteamientos de los movimientos reduccionistas abstractos, en especial, el minimal, de décadas anteriores.


