Los amigos y admiradores de Eduardo Laborda esperábamos esta exposición con gran expectación: el día de la inauguración no cabíamos en la Lonja, y por primera vez el acto hubo de organizarse con las puertas cerradas por problemas de aglomeración, con mucha gente esperando pacientemente a entrar cuando salieran los de dentro. La respuesta del gran público también ha sido masiva, pues la antológica ha batido un récord de 62.439 visitas, a pesar de estar abierta sólo 37 días, del 4 de octubre al 17 de noviembre de 2013. Eduardo es una personalidad muy querida en su ciudad, que le devuelve así en parte la apasionada dedicación a Zaragoza demostrada a lo largo de tantos años por este pintor, cineasta, editor, coleccionista y estudioso de la capital aragonesa. De hecho, los cuadros más concurridos de la exposición, ante los que siempre se arracimaba un público entusiasta, eran las grandes panorámicas urbanas más recientes, obras fechadas en los últimos tres años, donde con detallismo realista el pintor nos ofrece su visión personal del skyline zaragozano, desde puntos de vista elevados no siempre fáciles de identificar, pues no todos habremos tenido acceso a los tejados o miradores desde donde el pintor ha podido asomarse. Uno de ellos, Iris del Coso alto –pintado en 2012, a lo largo de casi ocho meses– ocupa lugar de honor en el catálogo, donde le dedica especial atención el texto crítico de Julia Sáez-Angulo, y también es reproducido a doble página en sus hojas centrales, e incluso en la cubierta, con una ingeniosa disposición que esconde en la solapa, como un secreto íntimo, el retrato de la persona epónima, Iris Lázaro. La entrañable esposa del artista ya había posado en 2001 como figura reflexiva en otro cuadro de paisaje, conservado, por cierto, en el interior del edificio desde cuyos balcones aparece aquí asomada al Coso. Pero entonces personificaba a Deméter, lo mismo que otras mujeres muy amigas del autor serían representadas en los primeros años del nuevo milenio como Afrodita, Andrómeda, Minerva, Selene…
Esas potentes figuras parecían contrapesar la misteriosa falta de habitantes en las ensoñadoras vistas de los arrabales zaragozanos que, con melancólicas entonaciones grises o sepias había pintado Laborda a finales del pasado siglo. Entonces eran desnudos femeninos de rubicunda anatomía, como personajes de Rubens, que culminaron el gran libro sobre su carrera publicado por Cajalón en 2006 bajo el título Simbolismo Barroco. Siete años después, tales retratos alegóricos vuelven a culminar esta exposición y su catálogo, que cuenta con un brillante texto de María Luisa Grau sobre esas efigies, que se han agrupado en una sección final titulada “El mito humanizado”, protagonizada por mujeres desvestidas y ajadas: algunas posan sobre un paisaje típico del autor, mientras que otras recortan sus siluetas sobre un velazqueño fondo neutro. Las modelos, ahora mucho más delgadas, continúan siendo amigas cuyas anatomías y rostros de penetrante mirada son descritos con fascinación detallista. Parece que por ahí podría apuntar en este momento la trayectoria de Eduardo Laborda, o al menos ésa es la apuesta que se ha hecho en la sección final de la exposición, dedicada a dibujos recientes muy similares a los cuadros de figuras alegóricas –aunque algunos de estos dibujos están protagonizados por retratos masculinos– pues también se trata de retratos-homenaje, incluido el retrato de Victorina, la madre del artista, a quien iba dedicada esta antológica.
En conjunto, toda la exposición estaba llena de homenajes personales, en sus evocaciones iconográficas o textuales, lo cual no es sorprendente, pues el pintor ha declarado que no va a volver a montar otra exposición individual en Zaragoza, así que ésta la ha concebido como una ofrenda a sus geografías y paisanos más queridos. Algunas de estas claves nos las revelan dos textos del catálogo, firmados por dos eminentes figuras del mundillo artístico zaragozano: Rafael Ordóñez y Antón Castro. El jefe del área de cultura del Ayuntamiento nos da cuenta de muchos hitos en la trayectoria vital y artística del artista, que en buena medida ha sido una carrera en paralelo con la suya, desde que se dieron a conocer ambos como ganadores de un concurso infantil de la OJE, en las categorías de pintura y escritura, respectivamente. El jefe de la sección de cultura del Heraldo de Aragón casi se trasmuta en psicólogo con su entrevista, pues ha sometido a un jugoso interrogatorio al artista, haciendo aflorar muchas confesiones íntimas. Pero quizá el homenaje personal más valioso es la propia revisión que hace de sus obras el propio autor en esta excelente antológica, que empezaba con algunas de sus esculturas juveniles o los paisajes cubistas pintados en los años setenta, como preludio a los fósiles y demás repertorios favoritos de su fecunda inspiración posterior. Un testimonio que queda para la posteridad, pues pronto habrá que reescribir la historia del arte aragonés desde los años de la transición, para hacer justicia a importantísimas figuras como Eduardo Laborda.


