La nueva exposición de Ignacio Mayayo en el Colegio de Arquitectos es un cúmulo de contrastes:
Contrasta la temática. Se trata de 17 cuadros de paisajes con figuras solazándose al sol en el estío aragonés de las pozas prepirenáicas. El día de la inauguración teníamos cero grados: uuno de esos días zaragozanos nebulosos y húmedos que de tanto repetirse nos hacen añorar el sol del invierno.
Contrasta el lenguaje que el artista emplea si lo comparamos al que utilizó en su anterior exposición en el Palacio de los Morlanes. Allí resurgía la pulsión surrealista de su juventud mientras que ahora vuelve a las figuras y los paisajes como el que regresa al hogar por Navidad. Quién conoce la trayectoria de Mayayo no debería extrañarse por esta aparente contradicción ya que su obra va oscilando como un péndulo entre la realidad y la surrealidad en una constante búsqueda.
Y, por último, contrasta la técnica que utiliza ahora respecto a la de su anterior muestra. Ese “regreso al hogar” de la figura y el paisaje se completa con el empleo del óleo y el pincel, es decir, a la técnica “de toda la vida”, dejando a un lado el uso del collage, ordenador y el plotter, protagonistas en su anterior exposición individual.
La sala de exposiciones del Colegio de arquitectos está ubicada en una bodega. Se trata de un lugar con poco espacio y lleno de recovecos. Este escenario no es muy propicio para visualizar grandes formatos. Sin embargo sí es oportuno cuando el tamaño de los cuadros es pequeño. Este es el caso de esta exposición. Mayayo ha tenido tiempo de preparar esta muestra seleccionando cuadros que ya conocíamos con una serie de nuevos lienzos y tablas de pequeño tamaño y repletas de luz. Una luz plena en algunas ocasiones, esa luz estival inclemente que aplana y que en Aragón conocemos tan bien. Y una luz cálida y dulce, esa luz de las tardes de verano rebosantes de sombras azules y violetas.
A finales de los años ochenta y primeros noventa Mayayo dirigió una serie de cursos en Larrés. Se trataba de cursos de dibujo de figura humana y de paisaje. En esta exposición encontramos de nuevo a un artista preocupado por el encaje de estas dos disciplinas. Son habituales en su obra los paisajes en los que la figura humana interviene como un contrapunto. Como para darle sentido al conjunto. Las pozas que pinta, que por sí mismas tendrían su protagonismo, adquieren un significado amable al llenarse de bañistas. Quizás no sea su objetivo pero consigue recrear una luz que todo lo invade y que junto al agua genera una sucesión de reflejos fugaces que nos transmiten el recuerdo de un momento grato, de paz, de felicidad. Eso es el verano soñado y no el del aire acondicionado de un centro comercial.
Hasta el 17 de enero tienen a su disposición una puerta abierta al verano en la sede del COAA. Es una buena ocasión de huir del frío impío zaragozano y disfrutar de 17 cuadros repletos de un sol generoso y festivo. Mayayo tiene la llave. Maestra, sin duda.


