Resulta difícil reseñar una muestra basada en ilustración, en especial, porque dar carácter expositivo a este tipo de arte es algo complicado y, normalmente, y al margen de la calidad estética y narrativa de las obras, hay que sumar ese componente esquivo: debemos aclarar si la exposición llega o no realmente al visitante. Al margen de que dispongamos de los elementos adecuados para proponer soluciones museográficas al equipo curatorial. En este caso (como en tantos otros), no disponemos de ello. Pero tampoco es necesario. Porque la solución adoptada es, aceptablemente, correcta.
Se pide a una serie de ilustradores, unidos por su colaboración en un proyecto editorial concreto (luego hablaremos de eso), otorgar un sentido gráfico a grandes escritores y poetas hispanos, como Alberti o Alfonsina Storni. Los fragmentos de textos a los que se refieren las ilustraciones se presentan, en la mayoría de los casos, a través de una serie de clips cortos de audio (chapeau! por su concreción, algo que se echa de menos cuando se introducen este tipo de elementos en algunas exposiciones), lo que resulta mucho más rápido para el espectador que leer un fragmento de texto eterno, sobre el que su mirada no se va a detener. Las imágenes van cobrado vida a medida que se escuchan, compartiendo el sentido del oído con la omnipresente (y muchas veces, omnipotente) visualidad contemporánea. Quizás, la disposición del tándem Storni-Odriozola podría haber resultado más correcta. Una división escalonada del tapiz sería más cómoda a la vista, pero hay que reconocer que, al margen de la aprehensión de lo expuesto, la idea del continum de imágenes crea un efecto bastante poderoso.
De hecho, la obra de Odriozola es bastante poderosa. Por su lirismo. Por su profundo intimismo mágico. La autora de Oda a una estrella, receptora de una gran cantidad de premios a lo largo de su carrera, continúa con su característica sutileza de colores claros, con espacios vacíos que, con calma, pausadamente, enmarcan el contenido semántico de todo aquello que quiere expresar. Ilustradora con buena comprensión de su propio oficio, como Eleonora Arroyo, Antonio Santos, Jesús Cisneros o el archiconocido Isidro Ferrer, que cuenta en su haber con un Premio Nacional de Ilustración. El autor propone una magnífica interpretación del Nocturno de Alberti, sumándose a la gran calidad estética que destila esta exposición. Divergente en sus planteamientos: desde aparentes tonos orientales hasta títeres de madera, que parecen extraídos de una obra de Jiří Trnka. Pero ¿Con qué finalidad, más allá del disfrute?
Con ninguna en especial, cabría decir. La muestra gira en torno a una propuesta editorial en concreto. Y punto. No tiene un discurso curatorial específico, más allá del inherente a las propias publicaciones. No es algo en sí negativo, pero conviene resaltarlo. Demasiadas exposiciones sobre ilustración son resultado de proyectos editoriales o de concursos, donde el discurso es anterior al trabajo museográfico. Hay alguna excepción en el panorama nacional, pero sería necesario que comenzasen a existir más. Muestras que verdaderamente otorgasen a la ilustración, entendida como arte, un carácter autónomo, vinculado al texto, incluso capaz de trascender el discurso del libro como principal vehículo de expresión.


