Pocas exposiciones resultan tan interactivas como la planteada por Laurent Mannoni para CaixaForum. El director del Conservatorio de Técnicas de la Cinemateca Francesa, desarrolla una muestra francamente divertida: proyecciones, trucos visuales y juegos diversos sirven como ilustración a la arqueología del séptimo arte, marco perfecto para disponer la figura de Méliès. Mago perenne y cineasta reivindicado por la historia, ya desde su redescubrimiento de la mano del periodista Léon Druhot y la celebración, en 1929, de la “Gala Méliès”. Muchos estudiantes de historia del cine podrán revisar en directo el funcionamiento de un fenaquistiscopio (algo que resulta más fácil que memorizar su nombre) o la forma de actuación de varias linternas mágicas (algo por lo que ya merece la pena acudir a la exposición). La museografía es envidiable por su perfecta disposición, y deja claras las posibilidades que puede tener una apuesta mayor por el público, sin detrimento del discurso.
En La invención de Hugo –proyectada de forma continua al final de la muestra-, Martin Scorsese lograba, además de mostrar su profunda cinefilia, rendir un sentido y nostálgico homenaje a una de las figuras más importantes de la historia del cine. Retirado en una juguetería tras unos cambios de gusto que orillaron sus películas para el gran público, Méliès se presenta como el primer “fabricante de sueños” (todo un guiño a Hollywood más que a la Pathé Frères), el iniciador de una línea que recorrerá toda la cinematografía hasta hoy (por todos conocida es esa idea de que, gracias a Méliès, podemos disfrutar de efectos especiales en las películas contemporáneas). Un gran artista, como lo denomina en el film el supuesto historiador Rene Tabard (el periodista que redescubrió a Méliès, en realidad). Wagneriano, de “obra total”, escrupuloso hasta el detalle: lo interesante radica en que, además de contemplar las proyecciones (muchas de ellas restauradas o reeditadas ex profeso para la ocasión), podemos acercarnos a bocetos, dibujos y maquetas originales que forjaron sus películas y que, además, descubren la faceta plástica de un cineasta que dibujaba, pintaba, escribía guiones, colaboraba en decorados y vestuarios y, por supuesto, dirigía, y a veces actuaba, en sus films, contados por decenas, y entre las que destaca con brillo propio su famoso Viaje a la luna, símbolo de la exposición y muestra más característica de toda su obra.
Quizás, la parte más negativa de la exposición sea su precio. Caixa Forum cumplió sus amenazas de dejar atrás la gratuidad en pos de un modelo de pago. Poco a poco avanzamos hacia una organización cultural donde lo económico comienza a primar por encima de cualquier otro elemento. Es evidente la lógica que subyace al pago por una exposición –igual que por otro producto cultural-, pero también a todos los intereses ocultos bajo este dinero. Pagar por conocer –y disfrutar- de Méliès resulta, cuanto menos, peligroso.


