Flesh of my flesh, Louisa Holecz.

           La Sala Juana Francés acoge del 23 de mayo al 28 de junio Flesh of my flesh, una reflexión acerca de la maternidad. En sus veintidós años de trayectoria, no es la primera propuesta que en ella presenta una artista sobre uno de los principales pilares de la reflexión femenina y feminista. Es cierto que la imagen de la casa y las cabezas de recién nacidos nos predisponen a un mensaje concreto, pero si entramos en la Sala esperando ver materializados en obra artística alguno de los estereotipos que culturalmente se atribuyen a esta circunstancia vital, no tardaremos en descubrir que nos hemos equivocado de espacio.

            Louisa Holecz (Londres, 1971), quien ha recibido este 2013 una mención de honor en el X Premio de Pintura de la Delegación del Gobierno en Aragón, es Licenciada en Bellas Artes por West Surrey College of Art and Design de Inglaterra. Vive en Zaragoza desde el año 2000 y su trabajo ha podido verse, además de en su país natal, en diversos puntos de España como Guipuzkoa, Zaragoza, Donostia, Vitoria-Gasteiz,  Galicia o Huesca.

            Al entrar en la Sala, una obra reclama de inmediato nuestra atención. Una casa aguarda, aislada y centralizando el espacio. La estructura recuerda a la primera instalación de este tipo que llevó a cabo Louisa Holecz en 2011, también en la Sala Juana Francés, para la colectiva Dependencias Mutuas. Empleadas de hogar y crisis de los cuidados. Sin embargo, si aquélla era testimonio de una memoria compartida de esfuerzo y trabajo -estaba construida a base de retazos de delantales y batas de empleadas del hogar- Home II es un frío cubículo cubierto de seda blanca. Pendiente de hilos, tan apenas se posa frágil, insegura, en el suelo. Sin ventanas, sin entrada, lo que podría, en un principio, haber sido metáfora de nuestra primera morada uterina, se convierte en un contenedor más que en un receptáculo.

           Si esta instalación resulta desconcertante por su asepsia, frente a ella una pintura se nos presenta amenazadora. Una casa silueteada a base de violentos trazos negros domina un paisaje yermo cuajado de cabezas de bebés. Sketch of Home II es, de nuevo, un hogar primigenio que no favorece la acogida, que incluso parece repeler todo atisbo de vida en su interior.

           El silencio invade el espacio entre estas dos casas. Silencio que pausa nuestras contradictorias emociones y conduce nuestra mirada a un extenso lienzo del muro en el que bostezan, sueñan, lloran, descubren las cabezas escultóricas plasmadas en fotografías de veintiséis recién nacidos. Anonymous Heads sería la única obra de este proyecto en la que la artista muestra la cara más amable de la maternidad. Frente a estas cabezas, suerte de catálogo de la gestualidad de un bebé, recuerdo el trabajo del escultor alemán Franz Xaver Messerschmidt (1736-1783). El detallismo en el que se deleita Louisa Holecz en estas esculturas trae ecos del canto a la vida, de la admiración que siempre nos despierta un bebé, tan pequeño, frágil, incipiente ser humano, pero a la vez tan autónomo, tan individual y único.

             En el muro opuesto,  Self portrait with breasts. La mujer con su busto plagado de mamas oculta su rostro bajo una venda. La artista relaciona esta iconografía particular con Artemisa, diosa griega de la caza y los animales salvajes, pero también protectora de la virginidad y propiciadora de la fertilidad. Protectora de las mujeres ante los dolores del parto, Artemisa conjugaba las contradicciones de la realidad femenina para acompañar a las mujeres a su nueva vida, una vida en la que, tras el abandono de la propia identidad, entraban a formar parte del ciclo natural del mundo en el que todo ser vivo, mujer o hembra, guarda la memoria atávica de la capacidad de dar a luz.

            Tras la mampara que divide la Sala, esperamos encontrar alguna imagen más alentadora o, al menos, alguna clave que nos aclare el mensaje que pretende trasladarnos la artista. No es así. Un vídeo registra el proceso de ejecución de la pintura Still. Como en la misma gestación, la imagen que inicialmente ocupa el lienzo se transforma. La presencia se convierte en ausencia. El feto, como protagonista del período de gestación, cede lugar a la madre por un breve espacio. El segundo bebé, quizá el segundo hijo/a, borrará a la madre, para terminar la composición con un solo bebé, imagen universal de la maternidad.

            Untitled Landscape, fotografía que cierra la exposición, parece ofrecer algo de oxígeno a la muestra. Llegamos a un espacio abierto, un bosque. Pero entre la maleza vuelven a acechar cabezas desperdigadas de recién nacidos, sin cuerpo. Presencias sordas que parecen querer unirse a la Madre Tierra más que a una mujer madre, en un intento más amplio de ver la maternidad como parte del ciclo creador de la vida de la propia Naturaleza, en toda su extensión y diversidad.

            Mensajes contrapuestos sobre la maternidad se abren en este proyecto. Ninguno encuentra conclusión. Ni mucho menos un final feliz. Contrapuestos son también el blando de la casa instalación y el negro de la casa pintada. La fragilidad y suavidad del rostro de un bebé se opone diametralmente a la frialdad del pesado barro de las esculturas de cabezas. La monstruosa ama de cría poco tiene que ver con la madre amantísima que a todos/as nos sugiere la imagen de una mujer dando el pecho.

            Así sucede siempre en el trabajo de Louisa Holecz. Su intención no es narrar historias conclusas. Su universo iconográfico siempre ha estado habitado por seres enigmáticos, cuasi mitológicos, desgarrados y desgarradores. Y no son más que trasunto de su propia experiencia, sus emociones hechas carne pictórica. Sin prejuicios, sin recovecos, sin miedos. Louisa no trata de dar forma, de materializar para exorcizar, sino de dar vida a través del arte a aquello que le inquieta, porque sólo aquello que se hace realidad puede ser conocido, entendido e incluso amado.

            Y es que eso es precisamente la maternidad. Desde el momento en el que se tiene conciencia de la espera, la contradicción y el vértigo es la constante en la vida de una mujer. Ya nunca más una misma, yo, ya siempre madre. Es difícil integrar la nueva condición en la preexistente, que no desaparece, pero sí resulta velada por el recién nacido y las expectativas y deseos vertidos en dicha experiencia por la madre, el padre, el entorno próximo y hasta el lejano. Porque el bebé no es yo, ni mío, es el otro, lo diferente, autónomo desde la fecundación. Y lo desconocido siempre da miedo, siempre atrae, siempre cautiva y siempre enamora.

Sala Juana Francés, Casa de la Mujer, Zaragoza

Número 23

Junio 2013
Paula GONZALO LES
Vocal de AACA y miembro del comité de redacción de AACADigital, Doctoranda en el Dpto. de Hª del Arte, Univ. de Zaragoza
Fecha de recepción: 30/6/13
Fecha de aceptación: 30/6/13
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