Lourdes Riera nace en Anya (Lérida). Caelles es el nombre del taller de cerámica que pone en funcionamiento en 1986 en Anya, de ahí el pseudónimo utilizado para sus exposiciones y con el que firma sus obras. Aunque de origen catalán se siente aragonesa, ya que reside en la comunidad. En los años setenta estudia cerámica en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Teruel. Estudios que completará con cursos monográficos de cerámica.
Los últimos años han sido de gran reconocimiento a su labor artística. En 2013 ha recibido el Primer Premio en el XXXIII Certamen Internacional de Alcora (uno de los certámenes más prestigiosos en el mundo de la cerámica en España) por su obra Inquietud. Lourdes Riera ya fue finalista en Alcora en la convocatoria de 2012 y ese mismo año obtuvo el Primer Premio del Concurso de Cerámica Ciudad de Valladolid y una Mención de Honor en la IV Bienal Internacional de Cerámica de Marratxí (Mallorca), convirtiéndose en una de las ceramistas más laureada en Aragón.
Las obras presentadas en el Torreón Fortea están en la misma línea que las premiadas en Alcora y Valladolid y las presentadas en las últimas ediciones de CERCO. En 2012 su obra Fantasía Coralina IV obra 2 fue seleccionada para el Premio Internacional de Cerámica –CERCO-. Por fin, en la convocatoria de 2013, como a autores seleccionados en ediciones anteriores, se les ofrece la posibilidad de presentar su obra en una exposición individual.
En la serie Fantasías paleontológicas su fuente de inspiración es la naturaleza, siendo algunas piezas orgánicas, como fósiles o conchas marinas y, otras, de clara influencia geológica. Se trata de esculturas resultado de un complejo proceso de trabajo e investigación, ofreciendo al espectador la posibilidad de acercarnos a tiempos remotos.
Lourdes Riera ha evolucionado desde los años noventa, abandonando el carácter decorativo de sus piezas, aunque sigue quedando el recuerdo a la vasija en alguna de sus obras como Dádiva (2012). En sus planteamientos se acerca a la cerámica expandida, que consiste en dilatar la pieza y procurar rupturas controladas en la superficie. Para ello utiliza arcillas de diferentes texturas, como un gres negro para el interior de la pieza, como base de trabajo y un gres blanco para la piel que representa la concha del molusco, el nácar. Si a esto le sumamos diferentes técnicas (rakú, alta temperatura, etc.), engobes y esmaltes, las posibilidades se multiplican dando lugar a piezas únicas. El resultado son obras con mucha textura, contrastando las rugosidades con la finura del brillo del esmalte. Con las rupturas o rotos en la “piel” refleja la caducidad de la existencia, mostrando la esencia, el carácter y la fuerza interior.


