Sueños ilustrados
Poco cuesta a Charlie, Carrie y Paul descubrir el secreto que guarda la señorita Price: es una bruja, aunque, eso sí, con poca experiencia. En un Londres angustiado por los bombardeos nazis, los tres huérfanos son llevados a casa de la joven para que cuide de ellos. Nunca imaginaron que una estancia aburrida en el campo podía convertirse en toda una aventura. La magia de la bruja novata los zarandeará de un lado a otro, moviendo su mejor columpio: una cama enorme. Alta y con un dosel que sirve como timón. Presta a ser el buque que los lleve rumbo a los mundos más fantásticos. La cama que Eduardo Filipe y Ju Godinho disponen al comienzo de la muestra quiere ser una buena metáfora de ese viaje.
Tras su paso por el Museu da Electricidade de Lisboa y la Academia de Bellas Artes de Gante la exposición que recoge los frutos de “Ilustrarte, Bienal Internacional de Ilustración para la infancia”, recala en La Casa del Lector. Lo hace con un planteamiento interesante que recuerda a la Alicia de Carroll: un único espacio atesora un sinfín de mesillas de noche de gran tamaño. La subversión de las dimensiones hace pensar en las desventuras de la niña y su persecución del conejo. Encima de las mismas se depositan libros ilustrados cuyas imágenes pueden contemplarse en un tamaño mayor si abrimos los grandes cajones. Tres en cada caso. Ni uno más. Con todos los quebraderos de cabeza que una unificación expositiva de tal calibre ha podido traer consigo al comisariado. Es una apuesta arriesgada que consigue una mayor cercanía con el espectador: sorprendido ante la ausencia de paredes, puede no acertar a abrir los cajones e incluso acercarse al guarda de seguridad para interrogarle sobre aquello que puede o no tocar. Es cierto que las estrategias de interacción con el visitante son cada vez mayores, pero también lo es que éste no acaba de acostumbrarse y que en algunos espacios no se definen bien los límites entre lo que está o no permitido hacer (¿Quién iba a decir que se podría caminar por encima de los huevos dispuestos por Cildo Meireles en la ultima retrospectiva del MNCARS?). Aunque en ocasiones el sistema se torna un tanto repetitivo es, en todo caso, una exposición divertida, muy apta para acudir a ella con niños -lo mismo sucedió con El hilo de Ariadna- y cuyo discurso está claro: se concibe el libro ilustrado como el precursor de los sueños. Demiurgo de nuestras noches. Al estilo del Little Nemo de Winsor McCay pero sin la presencia de Flip, el personaje que con el “Wake Up” de su sombrero, ponía fin a las aventuras del niño, obligándole a despertar. Por el contrario, la variedad de técnicas -desde el collage de Óscar Sabini hasta el guache de Anna Viñas- y los diferentes estilos mantienen activo a un espectador que puede hallar verdaderos tesoros: el original trabajo de Emilie Vast abre pequeños ojos de buey en las páginas del álbum, enlazando las figuras de distintas composiciones. Muros de papel rasgados por puertas que llevan a mundos maravillosos, como aquella tras la que se encontraba un jardín perfecto de la que hablaba H. G. Wells. Jardín que no era otra cosa que la infancia.
Sin embargo, del mismo modo que Alicia en el País de las Maravillas o que El Principito, estas ilustraciones van mucho más allá de la mera vinculación con el mundo de lo infantil. Permiten lecturas profundas y complicadas y deleitan a nivel estético. Además, como buen libro, no sólo se circunscriben al ámbito previo al sueño, sino que pueden portarse a cualquier lugar: niños y adultos somos capaces de desarrollar un apego fabuloso a nuestras lecturas, nos empapamos con sus páginas cuando más lo necesitamos, releemos algunos párrafos y, en el caso del libro ilustrado, portamos un pequeño museo a todas partes. En este sentido, Ilustrarte no es más que una pequeña muestra de un mundo tremendamente amplio, una selección azarosa de talentos de varios países que no son sino la punta de un iceberg que en España goza de relativa buena salud. Sino en cuanto a fondos o distribución, sí en lo que respecta al talento.


