Ana Cruz (Lisboa, 1983) es Licenciada en Pintura por la Facultad de Bellas Artes de Lisboa y desde 2008 participa en CIECA, Centro de Investigación y Estudios de Cerámica Artística de la misma facultad. En la pasada edición de CERCO obtuvo una Mención Honorífica por su obra Mata-me de amor. Este año Portugal ha sido el país invitado y con gran acierto se decidió organizar una exposición individual de su obra (la primera en España).
Debemos dar las gracias a la organización de CERCO por organizar exposiciones individuales de ceramistas contemporáneos, ya que facilitan el conocimiento directo del panorama internacional y, poco a poco nos dirige a la normalización de la disciplina en el ámbito de las artes plásticas.
El conjunto de las obras presentadas en la Galería Antonia Puyó del 6 de mayo al 11 de junio de 2011 pertenece al proyecto Rosa Carne, que la artista desarrolla desde el 2006 y, cuyo objetivo es transformar la mujer en adorno, confrontando lo bello y lo feo, lo romántico y lo agresivo. En estas cerámicas su concepto es la mujer y su solapamiento al hombre, buscando el ridículo y la inversión de papeles, remarcando el machismo, todavía muy presente en la sociedad portuguesa.
Utiliza el recurso permanente y repetido del busto adornado de objetos, con los que ironiza la sociedad de consumo. Con ellos crea un espacio por descubrir, en un primer momento obvio, pero que cuando te acercas nos hace pensar, cambiando el estatus de esos objetos cotidianos. Ese espacio de intervención de los bustos surge a través de objetos banales, alegorías de lo novedoso unido a otros que nos recuerdan nuestra condición efímera. La secuencia de los bustos continúa en Cortar con amor y Guarda na mesa de cabeceira, línea en la que está trabajando actualmente.
Su rico repertorio iconográfico se basa en la cultura portuguesa como en Pendentes, donde utiliza el gallo y un guiño a la artista Joana Vasconcelos a través del uso de los encajes (un trabajo realizado tradicionalmente por las mujeres). Pero sobre todo utiliza iconos globalizadores, permanentes en nuestras vidas, que producen un discurso similar en el contexto internacional, que van desde corazones, cuernos, crestas o flores a corsés, pistolas y cuchillos. Elementos irónicos, provocadores, desconcertantes, generalmente asociados a la mujer romántica que enlazan con un discurso de poder atribuido al hombre, basado exclusivamente en su mayor fortaleza física.
Juega con los objetos y la imagen por ellos proyectada, creando metáforas en las que está implícita la identidad del observador. Nos muestra las fantasías y deseos eróticos masculinos, en las que lo masculino se equipara al poder, posesión y dominación y lo femenino a sumisión, pasividad y disponibilidad. En Eat me presenta a la mujer como objeto de deseo, como algo comestible, a través de pasteles, caramelos, cerezas, plátanos, etc. En otras, como Nó na garganta, recurre a los fetiches, objetos que unen a hombres y mujeres y que conectan con nuestro lado menos racional en el que las dos partes se colocan en un papel de sumisión.
Sus cerámicas funcionan tanto en conjunto como individualmente, tratando en cierta forma de relacionar el poder constructor y destructor de los objetos cotidianos de consumo, buscando la belleza, pero con un discurso bien construido.


