Ángel Esteban Maturén ya había recibido en otras ocasiones el apoyo de la Diputación Provincial de Zaragoza, tanto en su carrera artística como en su labor al frente del espacio expositivo de San Atilano en Tarazona, e incluso el mismo año de su muerte en 2005 esa institución coeditó con el Ayuntamiento de Tarazona un excelente libro de Manuel Pérez-Lizano donde se pasa revista cumplidamente a su trayectoria vital y profesional con profusión de ilustraciones. Nos faltaba una muestra antológica, para poder ver sus obras directamente, sobre todo teniendo en cuenta que durante años este artista fue reacio a exposiciones, y especialmente renuente a poner en valor sus trabajos pasados; por eso es muy loable que la propia Diputación haya ofrecido para la ocasión su escaparate más insigne, el Palacio de Sástago. Han querido los herederos del artista que en esta ocasión no fuera su amigo Pérez-Lizano el comisario, sino que la responsabilidad recayera en otro destacado crítico de arte, Pedro Pablo Azpeitia, que ha cumplido con profesionalidad. Por una parte, en la exposición ha optado por presentar las obras agrupadas por afinidades estilístico-temáticas, para dar coherencia al conjunto en vista de la gran variedad de materiales, lenguajes y registros de este artista, de manera que en el patio ha presentado sus últimas esculturas en plomo, en la galería superior los grandes cuadros figurativos, y en las demás salas el resto de su polifacética producción. En cambio, en el catálogo las obras se presentan por orden cronológico, precedidas de dos ensayos escritos por el comisario, ilustrados con fotos del álbum familiar. El que más novedades aporta es quizá el primero, que es un texto donde desde consideraciones estéticas Pedro Pablo Azpeitia contextualiza la evolución de Maturén dentro del panorama artístico contemporáneo, tanto el aragonés y español como el internacional, con sugerentes paralelismos que nos demuestran hasta qué punto no era un artista tan atípico y marginal como él pretendió ser. Pero también está originalmente resuelto el segundo texto, dedicado a su trayectoria biográfica, jalonado por citas de entrevistas o declaraciones del propio artista. Lo que se echa de menos en ambos es una más amplia consideración de las afinidades con Manolo Quejido y, sobre todo, con Miquel Barceló, a quienes se menciona demasiado de pasada, cosa muy comprensible cuando el artista estaba vivo, porque a todos los creadores les incomoda que les comparen con cualquier otro, pero que desde el distanciamiento histórico sería necesario comentar al público más pormenorizadamente. También se hubiera agradecido alguna explicación más detallada de algunas obras, por ejemplo de los grandes desnudos postmodernos que están inspirados en Veronés y Boucher, así como también hubiera sido deseable una valoración o jerarquización de su importancia relativa: cada una de las piezas de la exposición se reproduce individualmente en una página donde se indican someramente sus datos catalográficos, como si fuera igual de importante un apunte a lápiz de 26 x 32 cm o un lienzo de 270 x 370 cm. Queda al arbitrio de cada uno hacerse una idea de lo mejor o peor de Maturén, que de todo tiene. En mi opinión los años ochenta y noventa fueron su momento glorioso, como bien queda reflejado en el catálogo de esta exposición, donde en cambio hay que lamentar la escasa representación de algunas etapas iniciales del artista –cosa que siempre suele ocurrir en estas retrospectivas–, mientras en los años finales –quizá sobrerrepresentados en la exposición– reaparecen destellos de genialidad en algunas obras protagonizadas por esqueletos, que son mis favoritas.


