Andrés Sánchez Sanz de Galdeano, más conocido como Andrés Galdeano, nace en 1939 en Jerez de la Frontera (Cádiz), pero desde 1959 se instala en Zaragoza, donde durante más de cuarenta años desarrolla su actividad como artista, crítico y galerista. Dirigió la Galería Galdeano de 1966 a 1971 y se relacionó con las personalidades más destacadas del mundo creativo.
En la exposición se exhiben pinturas, cerámicas y dos bronces; veintinueve obras en total de los años setenta y ochenta mayoritariamente, pertenecientes a un coleccionista particular. Al placer de disfrutar de las obras debemos añadir el acompañamiento musical de fondo, música jazz, que era la preferida del artista.
Galdeano comienza en la pintura y llega a la cerámica, a principios de los años sesenta, de forma fortuita, convirtiéndose en su forma de expresión más auténtica. Desde entonces alternará las dos disciplinas, aunque siempre, predominando una sobre la otra. Esta alternancia de disciplinas no se ve reflejada en la exposición, hacerlo hubiera supuesto una disposición cronológica de las obras, pero creemos hubiera ayudado a su mejor comprensión.
En los primeros años su obra destaca por un barroquismo general que afecta tanto al color como a la forma, aunque siempre dentro de la abstracción. Destaca la cerámica nº 16, un boceto del mural de la estación del Portillo de Zaragoza, datada en 1971, en la que los rojos y verdes comparten protagonismo con la construcción geométrica y las texturas.
Tras esta fase, entra de lleno en una etapa de gran simplicidad en el color y la forma, que serenan y definen la obra. Al principio usa dos o tres colores, pero en 1975 entra, según M.ª Isabel Álvaro Zamora, en la “fase blanca” en la que el predominio de ese color es fundamental. La más clara expresión de esta etapa corresponde a las cerámicas 22 y 23, en las que consigue del blanco una gran ductilidad. Se completa este periodo con collage, donde la materia cerámica pintada y vidriada, dialoga con distintos elementos. En la exposición sólo tenemos uno, el nº 3, una cerámica a la que ha incorporado cuerda a modo de remiendo de heridas o rasgaduras.
Luego pasa por una etapa de desasosiego, angustia y como él decía «mala hostia», que se traduce en gestos rabiosos, tachones, troquelados y agresiones a los materiales. Hiere la superficie con violentas incisiones, como cuchilladas, signos visuales de una sorprendente eficacia gráfica. Hay en su obra algo de trágico, violencia y dramatismo ancestral y por otro lado, la intuición como forma de conocimiento, un impulso súbito hacia lo trascendental. En el uso de estos procedimientos nos podemos retrotraer hasta la Prehistoria y ese gusto por dejar en las piezas cerámicas las huellas de las conchas, cuerdas, piedras o los mismos dedos. Piezas que sin duda conectan con la tradición matérica del siglo XX,como los esgrafiados de Dubuffet o Tàpies, con los que comparte la voluntad de recuperar lo táctil.
Desde 1983 sus pinturas son una continuidad de la cerámica, con un énfasis expresionista jamás abandonado. Hay en sus obras un predominio de la austeridad del color, con el negro como dominante y el blanco porque los considera los progenitores de todos los demás, a veces, acompañados del rojo «que debe ser la sensación que siente el blanco cuando el negro le da un tortazo» (según sus propias palabras). Rasgaduras, rayaduras, agresiones varias que configuran un exacto y sabio entramado. En sus obras la geometría marca límites a lo gestual hasta permitir que emerjan fascinantes rostros y frases que acopla perfectamente con el conjunto de la obra. Son, la plasmación espontánea de su estado de ánimo. Si os fijáis bien en los cuadros, podréis ver a un “personajillo”:
«¡…Ah, si encuentran en mis cuadros un personajillo agazapado, no se asusten, es mi amigo en soledad, ese al que acudo cuando nadie me aplaude…!» (Galdeano)
Hemos dejado en último lugar sus obras más despojadas, pinturas de pinceladas rápidas y ágiles, esos “haikus” como Icaro II. Un cuadro que nos recuerda las caligrafías de Hartung y del Extremo Oriente. Sus líneas flexibles, aunadas de refinamiento, permiten introducirnos en un universo invisible que encierra en sí mismo un inmenso poder poético. En la parte posterior del cuadro hay una inscripción en la que el autor garantiza que se trata de su mejor obra.


