Mientras los jardines impresionistas salían por una puerta del Museo Thyssen-Bornemisza, por la otra puerta, entraban las obras del hombre que no vaciló en llamar “malhechores” a los impresionistas, a pesar de haber sido primera figura del arte europeo en la segunda mitad del siglo XIX, el archiacadémico, el ultrarreaccionario, el perfecto detractor de la pintura moderna Jean-Léon Gérôme, resucitado tras cien años de soledad y olvido en nuestro país, en una versión algo más reducida de lo que se pudo ver en Los Ángeles en el verano del 2010, y en el Museo d, Orsay de París el otoño pasado. La pintura de Gérôme es un ejemplo de acabado pero no de perfección, una pintura de narración y de tema, que sabe evitar las limitaciones deleitando siempre al espectador, no obstante, esas “imperfecciones”, no le impidieron ser uno de los más respetados profesores del École des Beaux-Arts, en la que ingresó en 1864, despertando enseguida el gusto por enseñar. Ya en febrero de 1849, con tan sólo veinticinco años, y sin ningún cargo oficial, empezó a escribir cartas al Louvre, solicitando que permitieran acceder al museo a quienes él llamaba “sus alumnos”. Llegando a ser un maestro apreciado y respetado. Gracias a la relación que entabló a principios de la década de 1840, en el estudio de Paul Delaroche, con la fotografía, obtuvo un nuevo medio de reproducir sus lienzos. En 1859 a petición de su marchante-editor, y posteriormente su suegro, Adolphe Goupil, entró su obra pictórica en muchos hogares franceses, pese a que los cuadros los compraban los coleccionistas privados. Zola, se burló del éxito obtenido por las copias fotográficas de sus cuadros: “evidentemente, el Sr. Gérôme trabaja para la Casa Goupil, pinta un cuadro para que sea reproducido mediante la fotografía y el grabado y se venden así millones de ejemplares”.
Con el avance del nuevo siglo, la exigencia de racionalismo y objetividad, fue liberando la historia con sus lastres filosóficos y moralizantes. En palabras del historiador Prosper de Barante: “Estamos cansados de ver la historia como si fuera un sofista dócil y prudente, de que se presente a cualquier argumento que cualquiera desee sacar de ella. Lo que pedimos son hechos. Del mismo modo que en sus detalles, en sus movimientos, se observa ese gran drama del que todos somos actores y espectadores, así deseamos conocer lo que fue de la existencia de los pueblos y de los individuos que nos precedieron. Es preciso evocarlos y conocerlos de nuevo, vivos, ante nuestros ojos, que cada cual se forme después la opinión que le plazca, o incluso que no se forme ninguna opinión concreta. Pues nada hay tan imparcial como la imaginación: le basta con que se dibuje ante ella el cuadro de la verdad”. Gérôme se erigió heredero directo de Delaroche, extendiendo sin límites cronológicos ni temáticos la dinámica de esa tensión para construir las páginas más convincentes de su visión histórica. Desde la muerte del César Consummatum est. Y el mariscal Ney El 7 de diciembre de 1815 a las nueve de la mañana, hastala lucha de gladiadores Pollice Verso .Esta obra de dramático espacio en la arena, el punto de vista bajo, junto al gladiador victorioso, las líneas que dibuja el sol al pasar por los toldos, las vestales sedientas de sangre y la indiferente expresión del emperador que precede a la muerte inminente.
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Pollice Verso, 1872.
Pero el artista no sólo se contentó con la pintura, también se decantó por la escultura contemporánea policromada, la cual no tenía muy buena prensa. No era una novedad en Francia proponer una escultura policromada, pues se remontaba a la década de 1840 y poco a poco el color acabó por imponerse de manera casi obligada de todo escultor que quisiera hacerse notar por su originalidad. Gérôme no fue escultor hasta más o menos 1878, cuando tenía cincuenta y cuatro años, y lo fue con la seriedad y el fervor de un artista joven. Pero su interés por el bulto no era nuevo, ya había moldeado figuritas que utilizaba como maquetas. Obras como Mirmillón y Relicario, serían antecedentes del cuadro Ave Caesar, morituri te salutant. El paso de una técnica a otra no era en modo alguno un fenómeno aislado, hubo críticos que celebraron ese progreso del arte como un signo de regeneración, aunque también tuvo detractores: “He tenido muchos sinsabores por haber querido desafiar a la sagrada rutina: mis colegas escultures ha reaccionado con aversión y horror, lo que por otra parte me da igual, no esperaba tanto honor. Al conocer mis ensayos se han puesto a aullar como chacales; habéis debido de oírles en Constantinopla” declararía un tiempo después el propio autor. Para la presente exposición, se han reunido el mayor número de bocetos escultóricos del artista en su versión pequeña en cera. Los gladiadores, es una obra que despeja cualquier duda a cerca de las dotes para el modelo. En cambio menos interesantes son las obras realizadas en yeso, Androcles y César pasando el Rubicón, que revelan simplemente el interés por este material.
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Corinto, 1904
Esta muestra monográfica, es el resultado de unas elecciones desde un punto de vista, cuyo objetivo es poner al artista ante los ojos del público del siglo XXI que conoce poco o mal al artista. Gérôme jugó siempre con la mezcla de valores y de géneros, con su inestable equilibrio entre las fronteras entre el buen gusto y el kitsch. Los comisarios de la muestra, se han tomado algunas “libertades” a la hora de ordenar cronológicamente la obra, de manera que el recorrido sea más bien temático, poniendo en alza temas aparentemente distintos ya sean extraídos de la antigüedad clásica, del mundo de Oriente o de la historia de Francia. Así mismo, las obras expuestas, han sido concienzudamente estudiadas en relación con la crítica de la época en que fueron realizadas por el artista, pues no debemos olvidar, que sus lienzos recibieron alabanzas y reproches a un mismo tiempo. La de Gérôme es una pintura de historia en zapatillas, en la que entramos por la puerta de atrás en la intimidad de los grandes personajes y contemplamos, como testigos directos, la vulgaridad en el centro de su creación. Moderno sin llegar a serlo, la pintura de Gérôme se basa en una astucia sin límites que desplaza las líneas de lo que se ha convenido a contar como historia oficial.




