En la galería Cristina Marín, el 7 de octubre, se inauguró la exposición Sergio Abraín. Tauromaquia, Mitologías y Quimeras, que avala la trayectoria de uno de nuestros mejores artistas, capaz de abordar un tema muy complejo, con más que notables dosis de belleza creativa y muy alta cultura como tal fiesta, pues basta ver su propio dinamismo histórico y coserlo con el seguimiento de extraordinarios intelectuales, poetas, artistas plásticos y cineastas, incluso sin olvidar su permanente influencia en la moda. El pintor interrumpió su línea artística habitual para emprender un exhaustivo trabajo hasta terminar dos maravillosos murales en material cerámico para la plaza de La Misericordia en Zaragoza. Somos testigo, tras varias visitas a su estudio, de los innumerables bocetos y esculturas con cartulina hasta perfilar el definitivo enfoque de tan complejos murales.
La presente exposición es, por tanto, una consecuencia de los citados murales, pero ahora mediante obras en diversos materiales, sobre todo papel, que registran, que recogen, como si el artista fuera un etéreo notario, el aroma más profundo de tan extraordinaria suerte, en la que vida y muerte viven fusionadas con máxima naturalidad. En algunas obras incorpora frases poéticas que apoyan y enriquecen tanto quejido artístico, tanto silencio latente, como el cuadro con ese vacío de la plaza sin público, ni toro, ni torero, siempre cual anuncio del drama insoluble. Frases como Memorias de la dehesa, Recuerdos agarrados a la arena tierra frondosa y calma, Busco mi origen en los pasajes deshabitados por el hombre, Toros de agua en el país de carambolos, Laten secretos del alma taurina o Entre blanco y blanco un cometa de cola verde definen con impecable exactitud la complejidad del tema abordado. Porque no se limita por plasmar los temas con meridiano realismo, algo muy fácil ante su dominio de la línea, para insistir en un cúmulo de síntesis temáticas, como norma a través del campo formal y de la atmósfera dominante que cambia según el asunto realizado.
Cualquier persona puede valorar tan excepcionales obras, pues basta un mínimo de sensibilidad, pero si el visitante ha visto torear y tiene cierta cultura taurina resulta evidente que captará con idónea sincronía la compleja y cambiante propuesta que nos plantea el artista, pues mucho de lo pintado es como un resumen del tema por esquemático y variado planteamiento formal, que sirve cual nutriente para deslizar todo un abanico de sensaciones aliadas con los cuadros.


