En los últimos meses, ha resultado muy habitual la presencia de la obra de Jan Van Eden (Vooburg, Holanda, 1942) en diversas salas del ámbito expositivo aragonés: Centro Buñuel de Calanda (Teruel), Binéfar (Fundación Alcort), y Huesca capital (Centro Cultural Matadero y Sala CAI), Zaragoza (UNED de Calatayud, CAI-Luzán y Centro de Historia). Ello, al margen del obvio interés que demuestra su obra pictórica, es fruto de su antiguo arraigo en la ciudad de Huesca, más específicamente en el pequeño pueblo de Sabayés de donde es oriunda su mujer, Pepa Santolaria, propietaria de la galería Art Singel 100 de Ámsterdam (Holanda), y donde Van Eden habita buena parte del año, trabajando entre nosotros en su amplio y luminoso estudio con vistas a la sierra de Guara. Recientemente, se clausuraba la última de sus exposiciones en la iglesia desacralizada de San Sebastián de Castejón de Sos (Huesca), una interesante muestra que nos permite reflexionar sobre el sentido de una producción artística muy poco convencional.
Las obras de Van Eden, aglutinadas dentro del elocuente título de “Miradas contra el olvido 1948-2009”, han encontrado allí, entre las señoriales piedras pirenaicas, un ámbito de resonancias idóneo para la expresión de unas impactantes imágenes que nos remiten a la problemática social y política del conflicto árabe-israelí, no por lejano, ajeno en modo alguno a nosotros, como vienen a demostrar con insistencia los últimos acontecimientos internacionales y también los que nos afectan, más directamente, en nuestra vida diaria. En la obra de este holandés, sentimiento y pensamiento ideológico van de la mano. Su experiencia personal como geólogo en Arabia Saudita, entre 1980 y 1984, deriva en una expresión plástica sincera, y plena de empatía, de un mundo y una problemática que conoce a fondo, construida sobre la base de un claro posicionamiento en lo político; algo que no resulta frecuente en nuestro ámbito cultural hispano, poco propenso al compromiso manifiesto, mucho menos si éste se fragua a través de lo pictórico.
Habitantes de un mundo global, suspendida nuestra identidad y nuestra frágil esencia en una tela de araña potencialmente “fagocitadora”, cualquier pequeña vibración, por lejana que sea su proveniencia, augura una potencial situación de adversidad. Habitamos un mundo en sostenida tensión, en que los peligros que nos acechan son muchos y los conflictos crecientes. Gaza, Tantura, Al-Nakba, Líbano…son nombres que tal vez no nos digan mucho, desligados de las cruentas imágenes que saturan nuestros telediarios todos los días. Pero que, en manos de Jan Van Eden, cobran un acento muy especial gracias a lo pictórico. Ante su afirmación plástica, es preciso considerar al menos el “efecto mariposa”. Y, luego, están los sempiternos muros. Aquellos que se erigen más allá de los dolorosos muros internos, instigados por la pertinaz recurrencia de un poder ajeno a nosotros, que se instituye y se afirma una y otra vez poniendo barreras a nuestros honestos sueños de libertad, que neutraliza mediante la imposición del miedo –el más primario de los sentimientos humanos- nuestras ansias más elementales de “ser”. Por medio de su creatividad, Van Eden propone una iconografía muy explícita de todo ello; alza su voz alta y clara, a quien quiera escucharle, para argumentar a través de lo pictórico, con voluntad denunciatoria y acusatoria, un firme compromiso ético a favor de los más débiles, en recuerdo de los olvidados, como evocación testimonial de algunos sucesos que nunca deberíamos olvidar. Induciéndonos a “mirar”, como forma de conjurar el olvido, tantas veces impuesto, Van Eden consigue suscitar en nosotros una reflexión, que quiere ser germen de alguna posibilidad -pequeña, pero importante- de transformar el mundo. Los desmanes de un capitalismo en flor, capaz de aplastar, si es preciso, con sus crueles e implacables maquinarias de guerra -evidentes hasta la teatralidad- y sus perversos refinamientos subliminales, esa fragilidad que nos hace verdaderamente humanos, toda inocencia, todo legítimo derecho a la diferencia, al disentir, a las relaciones igualitarias, a la vida normalizada en suma, se conforman como algunas de sus temáticas recurrentes. Como, también, los delirios del poder, sus estrategias para imponerse al individuo en su vida social y en los pliegues de su intimidad….En su obra anterior, a menudo, sus personajes parecían “vagar” por un espacio onírico que conllevaba, sin embargo, la certeza de una realidad siempre abocada a la frustración y a la deshumanización. Lo pictórico esbozaba gente anónima, presencias huidizas, miradas y roces fugaces, lugares de paso, estaciones, aeropuertos, sórdidos callejones y rincones de las grandes urbes de nuestro mundo desalentador, un ámbito perfectamente diseñado para encubrir inconfesables relaciones de abuso y de “dominio”, insatisfacciones, mitos adulterados, mezquinos deseos…
En su personal muestrario de “desastres de la guerra” centrados en el problema palestino -tema que alienta su última propuesta en Castejón de Sos-, sus concreciones pictóricas del miedo, la violencia y la alienación, se encarnan en la imagen del inocente envuelto en el horror, estrujada su expresión, deformada, casi triturada, como centro de un mundo que estalla en medio del caos. El desgarro de una madre, a la que han arrebatado lo que más quería, la humillación del paso obligado por el checkpoint, la instigación, la coacción, la marginación, las privaciones que conlleva el acontecer diario en los campos de refugiados y en los pueblos y ciudades palestinos….Todo ello está presente en este conjunto de obras de Van Eden donde realidad y ficción se imbrican, conformando historias que tanto fabulan como se convierten en crónica de una indeseable realidad; historias que, a menudo, no tienen lógica ni resolución posible, si no es gracias a la capacidad imaginante del espectador y a su empatía con el trasfondo de aquello que las imágenes sugieren.
En las creaciones de Van Eden, Gloria Swanson puede tomarse algo en el Gran Café Pamplona, mientras implacables máquinas cumplen su misión de arrasarlo todo. Es la magia de un arte que tiende a moverse con flexibilidad, huyendo de toda cristalización de tipo conceptual, aunque lo conceptual tenga un papel importante en su formulación. El artista transita un espacio poético propio, donde coexisten sin problemas el blanco y negro y el color, las figuraciones y las fugacidades expresivas de lo abstracto, la crónica “periodística” y lo cinematográfico, lo ficticio, lo político y lo íntimo. Su evolución le ha conducido, desde las resoluciones más puramente expresionistas, más lúdicamente “sauristas” de los años 60, hasta estas imágenes plásticamente híbridas de hoy que se involucran, con apasionamiento y evidente pericia técnica, en un espacio compartido, en un espacio de encuentro, tan ideológico como emocional, de profunda voluntad “transformadora”. La combinación se ha erigido pues como gramática esencial de su práctica artística: la mezcla de técnicas diversas –óleo y acrílico, o la tenue aunque firme presencia, entre las trasparencias pictóricas, de los rastros del grafito- los recursos propios del collage, la inclusión de lo fotográfico, o la simulación “fotográfica” de lo pictórico -gracias al aerógrafo-, la querencia de algunos soportes por expandirse en tres dimensiones, la integración de nuevas posibilidades tecnológicas en las que el artista investiga con la curiosidad de un niño, parecen remitir a la idea simbólica de integración de un mundo en estado de caos, ante el que Jan Van Eden no se conforma con el triste papel de ser un mero espectador pasivo.


