Gemma Rupérez y María Ortega en la Galería Pepe Rebollo

Dos muy interesantes exposiciones de las pintoras Gema Rupérez y María Ortega en la galería Pepe Rebollo, que se inauguraron el tres de marzo con un perfecto acoplamiento de obras dispares pero afines mediante la idónea distribución del espacio. Puntos en común: variado enfoque del mundo animal en Gema Rupérez y aves en María Ortega, en ambas pintoras mediante trasfondo relacionado con el hombre. También que las obras son del año 2010.
Gema Rupérez exhibe cuadros con títulos muy sugestivos, como Abrigo de bisonte, Verde lechuza, La siesta del guepardo, Cola de ballena, El hombre Nautilus y Pies quietos, mientras que en dos busca aclarar demasiado el título, con lo cual impide que la imaginación transcurra libre, como sucede con El ave con botas y Al cocherito leré mediante dos ciervos que juegan a la comba. Aquí concluyen los inexistentes problemas.
Punto muy relevante, insustituible, es el enfoque de los variados fondos con el objetivo de crear cambiantes espacios. Una idea sobre su complejidad es al ver que se pintan fondos neutros casi monocromos, un sutil cuadrado sobre fondo neutro que puede dividir en dos planos, proliferación de pinceladas con impronta gestual y de líneas verticales a la base para mostrar cambiantes movimientos y el cuadrado sobre el cuadrado por formato. Añádase la variedad de color, nunca estridente salvo impecable notas exclamativas, al servicio de cada tema dominante, que como tal consigue el justo protagonismo sin succionar el ámbito circundante. Todo en su sitio. Rupérez mezcla el mundo animal con puntualizaciones propias del hombre, del ser humano como dicen algunos de manera errónea pues significa lo mismo: hombre y mujer. En esta sabia combinación, tan atractiva, vibra la clave para que lo anómalo parezca natural, en una especie de simbiosis para deslizar la imaginación hacia otros territorios, como si unos y otros, es decir, lo racional y lo irracional, estuvieran abocados a respirar otras vidas comunes en un viaje compartido.
Para finalizar, sentimos una auténtica tentación por citar cuatro obras por su completa creatividad, sin menoscabo de las restantes pues todo permanece en un criterio personal. Aludimos a De patitas en la calle o la hija pródiga, El ave con botas, Verde lechuza y Cola de ballena.
Los cuadros de María Ortega reflejan una completa unidad formal y cromática al servicio de la idea dominante. Lo natural, lo más lógico, es que abordemos las singularidades de su obra mediante un sencillo y eficaz recorrido, pues está claro que existe una precisa unidad en cualquier rasgo pensable. Según estaba montada su exposición, todo comienza mediante unos misterios papeles blancos verticales enrollados y protegidos por unas cajas de metracrilato. Aquí comenzamos a captar que sobre el papel se han pintado las siluetas sobre cables de numerosos estorninos negros, los hay pintos, en cambiantes posturas, casi como si dialogaran entre ellos y escondieran sutiles amenazas. Cajas que posibilitan chispazos enigmáticos de marcada hondura y delicadeza. Las cajas, al instante, se abren y las paredes se inundan de cuadros apaisados. Cuadros pintados mediante nubosidades, con entonados colores nunca llamativos, que permiten los cambiantes espacios para que destaque el tema primordial. Estamos, de nuevo, con los cables colgando y numerosas aves blancas y otras negras, algunas incluso volando, que producen una sensación omnipresente sin alternativa de otras vidas. Ortega, con tema tan sencillo, ha realizado obras impactantes, hermosas, impregnadas de soledad mediante sutiles connotaciones, como si cada ave fuera solidaria entre sí pero ajena a otros mundos individuales vivos, quizá para mostrar alguna realidad humana desde cualquier ángulo negativo.
 

Número 10

Marzo 2010
Manuel PÉREZ-LIZANO
Presidente de AACA
Fecha de recepción: 31/3/10
Fecha de aceptación: 31/3/10
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