Cuadros y esculturas de Pilar Moré en la exposición más completa si sumamos ambas disciplinas artísticas. Todo muy pensado y con gran variedad de propuestas formales y colorísticas. Se inauguró, el 11 de marzo, en la galería Pilar Ginés. Los cuadros obedecen a abstracciones geométricas señaladas en el campo pictórico para enfatizar, sobre todo, en cuadrados y rectángulos que habitan alterados por líneas, anchas pinceladas y leves trazos. A partir del planteamiento geométrico, el color adquiere máxima entidad con sus especiales y cambiantes azules, negros y rojizos, entre otros, que en un mismo cuadro tienen mayor o menor intensidad para ofrecer lo más parecido a la disección del mismo color, sólo alterado por otras puntualizaciones cromáticas como si fueren lejanos destellos inmersos en el dominante monocolor. Las obras, para entonces, se cubren de vaporosos espacios como ventanas abandonadas en dispares ámbitos. El fondo, lo dominante que vibra tenue y salta hacia cualquier mirada, respira empapado de impresiones enigmáticas, profundas, como si anunciaran la existencia de seres imperceptibles. En estas sutiles vibraciones generalizadas, que se desprenden en cada obra, está la clave de unos cuadros que parecen anunciar una especie de sensación mística, como ocurre, por ejemplo, en la serie sobre las Cajas metafísicas, del escultor Jorge de Oteiza, o en las misteriosas vibraciones que emergen de los cuadros del pintor Mark Rothko.
Las esculturas, salvo el énfasis geométrico, viven muy lejanas de los cuadros. Estamos ante dos enfoques realizados hace años, como la combinación de objetos con muy dispar procedencia, un auténtico collage escultórico, que desgaja de su origen para combinarlos y acoplarlos con rara perfección. Otras están trabajadas en el estudio. Puede afirmarse que cuando mayor es el número de elementos combinados menor es el nivel artístico. Basta ver la obra con dos cucharillas como remate del conjunto. Incluso una escultura excepcional la estropea por añadir un elemento gratuito, innecesario, como en la escultura rematada por una especie de perla rodeada de un aro, a la manera de un anillo, o la esfera metálica de cuya parte superior se desprende una piedra sujetada por alambre. Estas puntualizaciones ni de lejos alteran el conjunto escultórico, pues a partir de aquí puede asegurarse que estamos ante otras obras excepcionales singularizadas por su aparente sencillez. En esta línea tenemos el rectángulo vertical alterado, de total refinamiento, y las formas filiformes pero poderosas con adherencias de etéreas curvas, sin olvidar la escultura mediante tablas rotas elevándose para evocar, si se quiere, a rascacielos acariciando hipotéticas nubes.


