La emoción de un solo color

Llama la atención que al adentrarse en la exposición Marie Raymond – Yves Klein. Herencias que acoge el Círculo de Bellas Artes de Madrid (en la sala Picasso, desde el 28 de octubre de 2009 hasta el 17 de enero de 2010), el ojo recoge- después de verse inevitablemente sobrecogido por la fuerza que emana esa piscina de un azul inefable- la mencionada piscina, un arbolillo, una miniatura de la Victoria de Samotracia, una representación escultórica del esclavo de Miguel Ángel (todo ello del mismo azul subyugante) y en la pared del fondo, presidiendo, una enorme fotografía de un hombre cayendo de una ventana. Y llama la atención porque eso es lo que se siente precisamente al recorrer esta retrospectiva que el comisario Nicolás Morales ha dedicado a Yves Klein y a sus padres Fred Klein y Marie Raymond: la obra de Klein para los no iniciados supone un auténtico salto al vacío, la inmersión a un universo desconocido de una belleza que solo el color puede explicar. Klein fue un pintor que revolucionó la concepción artística, perteneciente a ese movimiento en el que el color se sublevaba sobre la línea. Pues bien, los colores de Klein emocionan de una forma tan pura como el pigmento de sus azules, transmitiéndonos sensaciones que desconocíamos, guiándonos a las profundidades de ese vacío místico, esa liberación que pretendía transmitir mediante sus pinturas espirituales. Definitivamente sus cuadros monocromos, sus esponjas, sus antropometrías nos hacen enterrar por unos instantes toda la historia pictórica anterior para anhelar residir en ese paraíso ultramar que (ya no tiene sentido hablar de reflejar o recrear) son sus obras.

La exposición que nos ocupa nos presenta los inicios de un Klein fascinado por el judo como disciplina de control mental y espiritual (imprescindibles sus dibujos para los programas de judo) que desembocarán en la propia creación en sus cuadros de ese universo regido por el espíritu, la mente y la idea gobernados por sus cuadros monocromáticos, sus antropometrías y el propio color ya sea en estado puro, impregnando esponjas o bañando esculturas clásicas. El resultado es una muestra que recoge lo básico para acercarnos al artista, mostrándonos obras/ejemplo de las composiciones que definen su obra pero que a quienes entramos en su universo nos acaba resultando escasa.

    La exposición resulta doblemente interesante porque nos acerca a la obra de su padre y sobre todo de su madre, la pintora Marie Raymond. A través de las pinturas de Raymond hallamos los puntos de encuentro, las herencias recogidas en la obra de su hijo; así como sus contraposiciones o, para quien así quiera entenderlo, el paso adelante en la sucesión lógica de la obra de Raymond que acabó dando Klein: encontramos en la obra de Raymond cuadros decididamente abstractos marcados por su falta de figurativismo y caracterizados por la fuerte intensidad que emana de sus colores, impregnando su obra de un contundente impresionismo a la vez que me recuerda en ocasiones a obras de Klee. Sin embargo, sus colores se dan contenidos en la línea, se expresan dentro de los límites que las líneas marcan, de la bidimensionalidad del lienzo.  Será su hijo quién atraviese esa frontera lineal, galvanizándola para dar paso al color puro y verdadero, acercándonos en paralelo a una emoción a su vez pura y verdadera, sin ambages ni límites de ningún tipo. Y es esa sensación de verdad la que nos invade al contemplar su azul, una sensación que, como sus obras, por fin trascienden del lienzo y vencen a la línea para llegar más allá. Estamos contemplando algo nuevo pero que a la vez habíamos intuido, a pesar de no saber explicarlo con palabras. Su azul es ese instante en el vacío que la fotografía del artista refleja: Klein nos provoca algo que no habíamos sentido antes. Y esa estupefacción genera la misma atracción y la misma desprotección que la zambullida fotografiada; así como es inevitable ver que sus obras traspasan el lienzo de la misma forma que el hombre avanza a través de la ventana: nos encontramos ante la fotografía de toda la concepción de su arte. Puede parecer una caída al vacío, pero realmente es un avance, el hombre aparece representado avanzando más allá de la ventana y así es como Klein entiende su arte respecto al lienzo.

    Sin embargo, sus obras no dejan de ser a su vez los restos, las huellas de algo que fue, el silencio tras lo que ya ha sucedido. La marca que deja el cuerpo de una mujer embadurnado de pigmento sobre un lienzo. El intenso color que surge de la esponja que ya lo ha absorbido. Su pintura, su azul contrastado con el blanco que lo rodea no deja de rodearnos de un sobrecogedor silencio. Y ese contraste nos hipnotiza y nos traslada a ese vacío con tintes de nirvana del que hablaba el pintor. Pero a su vez es imposible no vincular todo esto a un elemento perturbador que contiene toda su obra.  Ese elemento perturbador que encontramos en su sinfonía monocorde que acompañaba sus primeras antropometrías, o en ese poema sin letras que introducía un catálogo suyo y que también encontramos en la exposición. Esa perturbación que nos causa lo desconocido que se funde con la fascinación de tal forma que es imposible distinguir una emoción de la otra. Esa fusión es de la que está compuesta su azul, ya sea bañando esponjas y esculturas clásicas o invadiendo relieves tectónicos sumiéndonos en un universo propio: el del color puro que se desprende de la línea. Y concretamente no un color puro, sino ese color único que es el azul Klein. El cuadro sin líneas, la música monocorde, el poema sin palabras son los elementos que nos trasladan a ese mundo tan amplio que es el arte conceptual, y eso es lo que resulta tan atractivo para el iniciado en esta exposición: ser testigos del nacimiento de una ruptura, de la evolución de la mentalidad artística, de la primacía de la línea a la del color.

Marie Raymond-Yves Klein. Herencias

Número 9

Diciembre 2009
David COSTAS OLIETE
Estudiante de la licenciatura en Historia del Arte, Universidad de Zaragoza
Fecha de recepción: 29/11/09
Fecha de aceptación: 6/12/09
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